La comunicación y la escritura siempre le han apasionado. Montó un blog y luego creó una cuenta de Instagram que le permitió establecer nuevos lazos y entablar conversaciones con personas interesadas en dialogar: “Se convirtió en un espacio para compartir la fe y mis búsquedas, de ahí surgieron un taller y posteriormente un podcast. En todos esos procesos, que tienen mucho que ver con dialogar con quienes no pertenecen a ámbitos eclesiales, surgía la inquietud: ‘¿cómo inicio una vida espiritual?, ¿cómo la trabajo?, ¿cómo la desarrollo?’. Si bien hay muchos libros excelentes sobre espiritualidad, no encontraba, al menos en español, algo que pudiera funcionar como una introducción o un acompañamiento en el camino”, explica el sacerdote sobre los orígenes de su nuevo libro Una brújula en la ciudad (VR Editoras). En este texto, plantea que no es necesario ir a un retiro en el campo para encontrar la espiritualidad; al contrario, sostiene que el asfalto, el ruido y el caos urbano no son enemigos de la fe, sino el motor ideal para vivir con mayor sentido, sin perder la calma en el intento. “Empecé con un índice sencillo, que se enriqueció con el tiempo. La idea fue demostrar que la vida espiritual no es exclusiva de privilegiados y que puede vivirse en el contexto cotidiano, contribuyendo incluso a mejorarlo. Aunque desarrollar la espiritualidad no siempre es fácil, no es complicado; hay algo en ello que sin duda enriquece nuestras vidas”.
Eduardo ha encontrado gratificaciones en casi todos los aspectos de su vida como cura. Le agrada la parte celebrativa y litúrgica, ya que implica acompañar momentos comunitarios significativos. También valora la tarea de reflexionar sobre la comunidad, acompañar a los grupos y evaluar hacia dónde avanzar. Además, aprecia los vínculos más personales que se generan en este contexto. “Lo maravilloso de ser cura es que, aunque podría pensarse como una profesión, es mucho más que eso; es un camino de vida que está en constante transformación, presentando innumerables situaciones y desafíos. En relación a lo que menos me gusta, podría mencionar las cuestiones administrativas que las parroquias deben afrontar, pero entiendo que son recordatorios de que todos debemos lidiar con cuentas por pagar y trámites”, comparte.
Desde su perspectiva, hoy en día hay una intensa necesidad de espiritualidad y comunidad, que a su entender están intrínsecamente relacionadas: “No puede haber espiritualidad que no sea comunitaria. La humanidad tiene un anhelo profundo de conexión y de sentarse a dialogar”.
Además de su podcast, la información que comparte en redes y su reciente publicación, Eduardo también dirige un taller de lectura de poesía y mística. “Me encanta conversar sobre esos temas con otros. Ha sido hermoso observar cómo estas interacciones generan encuentros con personas de realidades diversas, tanto creyentes como no creyentes, y de distintas partes del país e incluso del extranjero. Para mí, disfrutar de esos espacios de conversación es un verdadero regalo”, afirma.
En cuanto a la relación actual entre la gente y la religión, Eduardo reflexiona: “El contexto tiene desafíos, al igual que en otras épocas. Siempre resulta fácil pensar que el presente es peor que en el pasado, pero como decía San Agustín: ‘Nosotros somos los tiempos; si somos nosotros mejores, mejorarán los tiempos’. Esto se aplica a la religión y la espiritualidad, que enfrentan dificultades, pero también oportunidades”. Asimismo, menciona el riesgo de que la religión y la espiritualidad se conviertan en objetos de consumo, simplificadas en la era digital, pero también reconoce un aspecto positivo: “La posibilidad de que esto llegue a mucha más gente, de que se amplíen los accesos a recursos espirituales que antes eran más inaccesibles”.










