Juan Romero fue uno de esos testigos olvidados que, sin buscarlo, marcan el rumbo de la historia. Tenía apenas diecisiete años la noche del 4 al 5 de junio de 1968, cuando Robert Kennedy, entonces senador por Nueva York y candidato a la presidencia de Estados Unidos por el Partido Demócrata, fue asesinado con un disparo en la cabeza en la cocina del Hotel Ambassador de Los Ángeles.
Este trágico acontecimiento lo convirtió en una figura recordada, pues en una icónica imagen se ve a Juan sosteniendo la cabeza del joven senador, un ser que agoniza con la mirada perdida en la nada.
No fue una mera casualidad que tuviera ese encuentro; Juan era camarero del hotel y admirador de Bobby Kennedy, quien había decidido seguir los pasos de su hermano, asesinado cinco años antes en Dallas.
Su admiración hacia Bobby provenía, en gran parte, de su lucha por los derechos de los inmigrantes hispanos en Estados Unidos. Hoy en día, tanto él como Bobby serían víctimas del accionar del ICE bajo la administración de Donald Trump.
La mano de Juan fue la última que Kennedy estrechó antes de caer al frío piso de cemento de la cocina, luego de los disparos efectuados por Shirhan Bishara Sirhan. Este palestino, de veintitrés años, aún cumple condena en prisión.
La culpa que llevó hasta la muerte Juan Romero era siempre la misma: creía que si no se le hubiera ocurrido darle la mano a Kennedy, el candidato presidencial no habría muerto.
Pensar que un acto tan simple, casi rutinario y ligero, puede alterar el rumbo de la historia resulta, en extremo, absurdo. Sin embargo, así pensó Juan Romero por el resto de su vida. Esa culpa lo marcó como un huésped dañino que lo acompañó insistentemente, moldeando su propia historia: él fue otra víctima de aquella noche fatídica, aunque no de forma directa.
Juan nació en Mazatán, Sonora, un estado del norte de México con una extensa frontera con Estados Unidos. A los diez años, su familia decidió emigrar e instalarse en Los Ángeles, en una de las zonas más difíciles de la ciudad.
Durante su etapa escolar en la Roosevelt High School, Romero fue testigo del nacimiento de las primeras manifestaciones contra la discriminación que sufrían los estudiantes de origen mexicano. Aunque las vio desde lejos, no se atrevió a participar; su padre lo había prohibido, temiendo que se involucrara en problemas políticos o sociales. En aquel vecindario, la delincuencia era bastante común.
Al conseguir empleo en el Hotel Ambassador, Juan comenzó como lavaplatos, luego ascendiendo a camarero. Cada día, tras las clases, se integraba a un grupo de jóvenes empleados que trabajaban en aquel establecimiento que había albergado ceremonias de entrega de premios Oscar y que había visto actuar a leyendas como Frank Sinatra y Judy Garland.
El hotel, que fue demolido en 2005, dio paso a otro complejo, el “Robert F. Kennedy Community Schools”. Sin embargo, en 1968, Bobby Kennedy lo eligió como base de campaña para seguir de cerca las primarias demócratas de California, donde ganó por apenas tres puntos.
Minutos antes de ser asesinado, Kennedy, dirigiéndose a sus seguidores, expresó: “Ahora vamos a la convención de Chicago. Y vamos a ganar allí también.” La multitud colmaba el salón del hotel y, siguiendo el consejo de su equipo de seguridad, tomó una ruta alternativa hacia su habitación: la cocina. Allí aguardaba Romero para darle la mano por segunda vez, algo que ya había hecho un día antes en lo que él mismo describió después como una experiencia fantástica.
Aunque su padre le había prohibido involucrarse en política, Juan se reunía con sus amigos de origen mexicano. En sus casas, había visto retratos de su presidente asesinado, John F. Kennedy, y de su hermano Bobby. Juan y sus amigos eran conscientes de que Kennedy tenía un estrecho colaborador en la ciudad: César Chávez, un ferviente defensor de los derechos laborales que había liderado una exitosa huelga a favor de los recolectores de uvas, demandando un salario justo.
Chávez solía terminar sus discursos con frases que Kennedy repetía, aunque con un español divertido: “¡Viva la huelga! ¡Viva la causa!”
Juan decidió que debía conocer a Bobby Kennedy durante su estancia en el Ambassador. Para ello, sacrificó tiempo y dinero, cediéndole a un compañero todas sus propinas de un día, que alcanzaban hasta quince dólares, a cambio de la posibilidad de llevarle cualquier pedido que el candidato necesitara del servicio a la habitación.
El 3 de junio, Kennedy pidió su cena en la habitación. Ese momento quedó grabado en la memoria de Juan, quien luego evocaría: “Cuando entré, estaba hablando por teléfono. Bajó el auricular y nos dijo: ‘Come on in, boys. Entren, chicos’. Me miraba de manera especial, sin atender a mi edad ni al color de mi piel, me consideraba a su nivel como estadounidense. Me dio un fuerte apretón de manos y su sonrisa me hizo sentir como si midiera tres metros.”
Robert Kennedy era consciente del peligro que corría. Su personalidad quedó inmortalizada en el libro “In Love with Night” de Ronald Steel, donde se revela su ambición por recuperar el espíritu de la Casa Blanca instaurado por su hermano, así como su deseo de finalizar la guerra en Vietnam y unir a blancos y negros en un mismo objetivo. Sin embargo, el escepticismo y la tragedia se cernían sobre él, especialmente desde el asesinato de Martin Luther King dos meses antes.
Por otro lado, no era el único que sentía el temor a un posible atentado. La tarde del 4 de junio, mientras se aguardaban los resultados de las primarias, Bobby comentó a su equipo: “Acabo de ver allí afuera a los tipos que me van a matar.” Esta frase podría haber sido una cruel broma sobre su propio destino, aunque se refería a tres agentes de la CIA que, curiosamente, se encontraban en Los Ángeles. Nunca se esclareció por qué estaban allí esos hombres, destinados a Miami.
Días antes, el escritor francés Romain Gary advirtió a Pierre Salinger, exjefe de prensa de John Kennedy, que “A tu candidato lo van a matar.”
Además, ese mismo día, en diálogo informal entre periodistas, se registró una breve conversación entre Jimmy Breslin y John Lindsay. Breslin se cuestionó si Bobby Kennedy contaba con las capacidades necesarias para llegar a ser presidente, y Lindsay pronunció una frase inquietante: “Él tiene lo que se necesita para llegar al final. Pero no va a alcanzar ese final: alguien lo va a matar. Lo sé, ustedes lo saben, y es tan real como que estamos aquí.”
Juan Romero, ajeno a estas presagios, se atrincheró en la cocina del Ambassador esa noche, a la espera de que pasara Kennedy en su camino hacia las habitaciones, mientras el martes 4 dejaba paso a los primeros minutos del miércoles 5.
Esa ruta alternativa no era un secreto; incluso Sirhan había preguntado, ese mismo día, si podía usarla para huir tras el senador. Cuando Kennedy finalmente ingresó en la cocina, Juan se adelantó. “Vi que Bobby saludaba a todas las manos que se presentaban. Me propuse felicitarlo y ver si me recordaba. Extendí mi mano lo más que pude, y en ese instante escuché los disparos.”
En medio del caos, se dispararon trece balas; sin embargo, el arma de Sirhan solo podía contener ocho. Bobby Kennedy cayó, alcanzado por tres balas, una de ellas en la cabeza. La escena que se vivió fue indescriptible.
Kennedy se desplomó de espaldas, en una posición de cruz, y los presentes buscaron refugio. Romero, sin pensar en el peligro, se arrodilló junto al senador moribundo, decidido a ayudar. “Le puse la mano entre el concreto y su cabeza para que estuviera más cómodo. Vi que sus labios se movían, así que me acerqué y le escuché preguntarle: ‘¿Está todo el mundo bien?’ Le respondí que sí. Entonces, él dijo: ‘Todo va a ir bien’. Sentí su sangre fluyendo entre mis dedos y comprendí que estaba gravemente herido. Tenía un rosario en el bolsillo de mi camisa, un obsequio de mi madre, y pensé que él lo necesitaría más que yo, así que lo até a su mano derecha.”
La escena fue captada por dos fotógrafos, quienes inmortalizaron el instante trágico. Poco después, Juan fue retirado de la cocina por Ethel Kennedy, embarazada, y los médicos que llegaron de urgencia tras el anuncio realizado en el salón principal donde Kennedy había compartido su victoria.
El senador fue llevado inconsciente al Hospital Buen Samaritano, donde falleció veintiséis horas después, el 6 de junio, con apenas 42 años.
La vida de Juan Romero transcurrió por caminos inciertos y, en ocasiones, luminosos. Aquella madrugada del atentado, tras declarar ante las autoridades, abordó un autobús que lo llevaría a Roosevelt High. En el autobús, notó que tenía sangre seca en sus manos, y no se atrevió a limpiarlas hasta horas más tarde. Comenzó a convivir con el peso de haber contribuido, de alguna manera, a la muerte de Kennedy, un trauma para un joven de tan solo diecisiete años que no logró superar del todo.
Experimento también una temporada de notoriedad; recibió cientos de cartas de felicitaciones, pero también muchas que lo culpaban del asesinato. Recibió obsequios simbólicos, como crucifijos que intentaban reemplazar el rosario que había atado a la mano de Kennedy.
En el hotel, muchas personas buscaban fotografías con él, en una época sin celulares ni redes sociales. Con el tiempo, decidió dejar Los Ángeles y mudarse a Wyoming, donde reestructuró su vida, contrajo matrimonio y tuvo cinco hijos.
Años después, regresó a California y se estableció en San José, donde se dedicó a la construcción y la pavimentación de caminos. Poca información se conoce sobre su vida en ese período, pero algunos datos emergieron cuando Romero entabló amistad con ciertos periodistas.
Con uno de ellos, Rigo Chacón, visitó en cada aniversario de la muerte de Kennedy un parque en el centro de Los Ángeles, donde se alza una estatua del político que recuerda uno de sus últimos discursos, en el que expresaba su rechazo a la pobreza y el analfabetismo.
Steve López, columnista del diario local, también fue su amigo y fue quien escuchó la confesión de Juan: la culpa había empañado su vida, haciéndolo sentir atrapado en aquel trágico suceso. La llegada de una nueva pareja y el intento de volver a comenzar su vida entreabrieron una puerta en su conciencia.
Romero compartió con López que recién a principios de 2000 pudo ver las dramáticas fotografías de Yaro y Eppridge, reflexionando: “Fueron años largos. Pero lo que vi en esas imágenes fue a un chico que ayudaba a alguien que realmente lo necesitaba.” A pesar de que sentía que no había sido perfecto, también expresó que había intentado vivir de acuerdo con los principios que Kennedy defendía.
En 2010, López lo convenció, junto a Chacón, de que debía viajar al Cementerio Nacional de Arlington para visitar la tumba de Bobby, ubicada a pocos metros de la de su hermano.
Fue un momento significativo para Juan, quien, cerca de cumplir sesenta años, compró su primer traje. “Sentí que debía pedirle perdón por no haber podido evitar que lo balearan. Con mi traje nuevo, me volví a sentir como el día en que lo conocí. Orgulloso, como si midiera tres metros.”
López recordó más tarde cómo Romero, pese a que él y Chacón le aconsejaron que no había necesidad de disculparse, se arrodilló ante la tumba, hablando en voz baja y llorando.
Visitas posteriores al cementerio ayudaron a Romero a encontrar paz con su pasado. En junio de 2018, apenas cuatro meses antes de su muerte, se unió a Rigo Chacón para rendir homenaje a Kennedy en el quincuagésimo aniversario de su asesinato.
Chacón recordó que Juan no estaba enfermo. Aportaba con placer a su trabajo, ambicionando continuar con su labor de pavimentación. A pesar de que su matrimonio había terminado muchos años atrás, seguía en contacto con sus hijos, y se encontraba cautivado por un nuevo amor.
Tras su fallecimiento, el 1 de octubre de 2018, alguien que no lo conoció personalmente habló sobre Juan Romero casi como un epitafio. María Shriver Kennedy, sobrina de Bobby y ex primera dama de California, se pronunció sobre este hombre marcado por la tragedia, diciendo: “Siempre sintí una gran empatía por él. Ojalá hubiera comprendido que hizo algo muy humano en un momento trágico. Es difícil entender por qué alguien se aferra a una carga durante tanto tiempo. Para mí, su imagen siempre será la de una persona que intentó ayudar a otra.”










