Los científicos manejan dos hipótesis primordiales y sospechan que corresponden a fenómenos diferentes. En las muertes de ballenatos, los análisis preliminares han detectado la bacteria Erysipelothrix rhusiopathiae, vinculada a la erisipela y a cuadros de septicemia. En cambio, los juveniles y adultos, que hasta ahora no muestran signos de esta afección bacteriana, generan la principal sospecha en torno a la marea roja. Durante octubre, las ballenas inician su alimentación en el golfo antes de migrar y, al filtrar agua, podrían ingestir microalgas que producen toxinas paralizantes. Las autoridades han advertido que, de verificarse esta causa, se trataría de un fenómeno natural ante el cual no se puede intervenir directamente.
Este varamiento inusual mantiene en estado de alerta a los equipos científicos y a las autoridades de la provincia, quienes han intensificado el monitoreo sanitario. El operativo está coordinado por la Red de Fauna Costera, el Plan de Monitoreo Sanitario de la Ballena Franca Austral, la Secretaría de Ambiente y el Ministerio de Turismo, con la colaboración de los municipios de Puerto Madryn y Puerto Pirámides.
Los especialistas llevan a cabo necropsias y recolectan muestras para estudios microbiológicos y científicos. Con el fin de profundizar en la hipótesis de la marea roja, se implementará un plan de muestreo de agua y moluscos en los golfos Nuevo y San José. Esta implementación por etapas responde a la complejidad logística que requiere un operativo de tal magnitud. Solo el pasado lunes, se encontraron dos ballenas muertas en la costa de Puerto Madryn.
Coscarella mencionó que el equipo liderado por la veterinaria Marcela Uhart, quien está a cargo del Plan de Monitoreo Sanitario, trabaja con la consideración de que la situación que afecta a los adultos no es la misma que causó la mortalidad de las crías. En el caso de los ballenatos, la presencia de la bacteria aún no resulta suficiente para confirmar su relación con las muertes.
“En temporadas anteriores, las bacterias estaban, las ballenas estaban, las gaviotas estaban, y no tuvimos estas mortalidades. Algo ha cambiado”, indicó el investigador, quien también recordó que 2026 es un año marcado por El Niño y que en otras regiones han ocurrido muertes de ballenas vinculadas a cambios climáticos.
La marea roja ya ha mostrado precedentes preocupantes. Entre el 24 de septiembre y el 11 de octubre de 2022, se documentaron 30 muertes de ballenas francas en el Golfo Nuevo: 26 adultas y cuatro juveniles. No se registraron casos en el Golfo San José, donde no se había observado actividad alimentaria de las ballenas.
Los análisis realizados en ese período confirmaron la presencia de biotoxinas del grupo paralizante de moluscos en el contenido intestinal, la orina y el hígado de los ejemplares fallecidos. Las muertes ocurrieron simultáneamente con una floración algal nociva y niveles muy altos de toxinas en bivalvos y plancton. El episodio finalizó cuando las condiciones de toxicidad disminuyeron.
En ese contexto, el director científico del ICB, Mariano Sironi, puntualizó que era la primera vez que se registraban 30 muertes de adultos y juveniles en un corto lapso de tiempo. En 2024, el fenómeno se repitió, aunque en menor escala: 71 ballenas perdieron la vida, 18 adultas y 53 crías, debido a biotoxinas marinas.
Un censo aéreo realizado el 6 de septiembre por el Cesimar-Conicet contabilizó 1375 ballenas francas australes, de las cuales 409 eran crías, en comparación con las 2110 contabilizadas en 2025. Los especialistas señalan que los números no son directamente comparables, aunque recalcan que la cantidad de nacimientos es crucial para determinar qué proporción de crías falleció durante la temporada.
Coscarella solicitó paciencia, señalando que los resultados de laboratorio pueden demorar hasta un mes y medio, y que muchas muestras no pueden ser analizadas debido al estado avanzado de descomposición de los cuerpos. También mencionó las restricciones presupuestarias que enfrenta el sistema científico, aunque subrayó que la Provincia ha proporcionado fondos para los análisis. Además, recordó que la temporada se extiende hasta noviembre, lo que significa que la cifra final de muertes aún no está definida.
La ballena franca austral (Eubalaena australis) es emblemática de la Patagonia. Los adultos pueden alcanzar más de 15 metros de largo y pesar más de 40 toneladas. Se destacan por la ausencia de aleta dorsal, el soplido en forma de V y las callosidades blanquecinas en la cabeza, un patrón único que actúa como huella digital.
Cada año, entre junio y diciembre, cientos de ejemplares migran hacia los golfos Nuevo y San José para reproducirse y criar a sus ballenatos en aguas tranquilas y resguardadas. Las hembras dan a luz cada tres años, tras un periodo de gestación de alrededor de 12 meses.
Al nacer, los ballenatos miden entre 4 y 5 metros y dependen completamente de la leche materna en los primeros meses, mientras tanto acumulan la grasa necesaria para su migración.
Con la llegada de la primavera, madres y crías inician su travesía hacia las zonas de alimentación del Atlántico Sur, donde se alimentan de krill y copépodos. Así, octubre es un mes crítico, ya que los animales comienzan a alimentarse antes de su salida, lo que los expone a las posibles toxinas presentes en el agua.
El término “franca” se origina de la época de la caza comercial, dado que era considerada la ballena “correcta” para capturar: nadaba lentamente, se acercaba a la costa y flotaba al morir. Esta persecución llevó a la especie al borde de la extinción, pero tras la prohibición de su caza, su población ha comenzado una lenta recuperación, constituyendo la historia de conservación de la Península Valdés como una de las más destacadas a nivel global.
En Argentina, la ballena franca austral fue declarada Monumento Natural Nacional en 1984, siendo la máxima categoría de protección para una especie. En 1999, la UNESCO incluyó a la Península Valdés en la lista de Patrimonio Natural de la Humanidad, especialmente por su importancia como área de reproducción de esta especie.
La región también cuenta con uno de los estudios de ballenas más prolongados del mundo. Desde 1970, los investigadores identifi can a cada ejemplar a través de imágenes de sus callosidades, lo que ha permitido documentar la historia de miles de individuos a lo largo de las décadas. Esta documentación histórica es lo que hoy ayuda a comprender cuánto se diferencia la temporada 2026 de lo esperado.
Las excursiones de avistamiento de ballenas, tanto embarcadas desde Puerto Pirámides como desde la costa en Puerto Madryn, representan uno de los principales motores del turismo en Chubut. Por lo tanto, la salud de la población de ballenas no solo plantea cuestiones ambientales, sino que tiene un impacto económico y social significativo.
Las altas tasas de mortalidad no son un fenómeno nuevo para la especie. Entre 2003 y 2013, se experimentó un período de mortandades elevadas de crías, con su pico alcanzado en 2012. Los factores en ese entonces incluían ataques de gaviotas cocineras, floraciones de algas tóxicas y la disponibilidad de alimento en las áreas de alimentación.
Mientras prosiguen los estudios para determinar las causas de estas muertes, los organismos implicados están organizando el retiro de los restos y la limpieza de las playas.
Desde el área provincial enfatizaron que las labores de remoción observadas en diferentes puntos de la costa responden a protocolos sanitarios y de prevención para resguardar a la población.
Las autoridades recomendaron no acercarse ni tocar ningún ejemplar, ya sea vivo o muerto, evitar el contacto de mascotas con los animales y respetar los perímetros de seguridad establecidos durante los operativos.










