“Es importante el modo de vida que tuvo antes el grupo familiar”, expresó el abogado, enfatizando que los antecedentes son fundamentales para entender el encierro en el que vivían Battista, su esposa y sus tres hijos. Sostiene que el bioquímico había padecido estrés debido a amenazas vinculadas a su trabajo en investigación y desarrollo de productos medicinales.
Sandoval menciona una causa judicial en el Juzgado Federal de San Martín relacionada con estas amenazas. En el expediente, un policía federal fue condenado por extorsión y amenazas contra Battista, un hecho que, según el abogado, desencadenó una serie de situaciones que alteraron su vida cotidiana.
De acuerdo con su relato, tras las amenazas, Battista dejó Buenos Aires para mudarse a Trevelin, donde intentó establecer un laboratorio que emplearía alfalfa para fabricar medicamentos. Sin embargo, también allí sufrió amenazas y agresiones físicas. “Lo perseguían”, señala Sandoval, aunque no ofrece muchos detalles sobre esta persecución.
El abogado sitúa la llegada de Battista a Trevelin en 2022, y argumenta que allí continuó con su proyecto. Sin embargo, el hostigamiento persistió y finalmente se estableció en Esquel, alquilando una amplia vivienda en el pasaje La Cascada al 600, donde acondicionó una parte de la casa como laboratorio.
Sandoval argumenta que esta mudanza trajo consigo un cambio en la dinámica familiar, con un creciente aislamiento debido al temor de nuevas amenazas. Asegura que este estilo de vida había comenzado a gestarse incluso en Buenos Aires durante la pandemia.
Resumiendo la situación, el abogado afirmó: “Él no tenía una vida muy activa porque realmente ya tenía esa persecución”.
La familia, compuesta por Battista, su esposa de 41 años y tres hijos (una joven de 19, un varón de 17 y una niña de 13), mantenía una rutina doméstica poco convencional y limitaba el contacto con el exterior. “Tenían una vida que comenzaba a un determinado horario de la noche y que seguía hasta las cuatro o cinco de la madrugada”, detalla el abogado, señalando que la esposa dormía de día, lo que contribuía al escaso trato con los vecinos.
Respecto a los gritos que se escuchaban durante la noche, que generaron preocupación entre los vecinos, Sandoval comentó que Battista atribuye esos ruidos a la situación de salud de su esposa, quien recibe seguimiento psiquiátrico, aunque no brindó detalles específicos sobre su diagnóstico.
El abogado desestima la idea de que la falta de actividades de la mujer y los niños sea evidencia de que estaban privados de libertad. Asegura que, según Battista, había formas de comunicación con el exterior y que su estilo de vida fue un mecanismo de protección ante amenazas. “Si salía, solo salía él”, dice, indicando que él solía hacer las compras mientras el resto de la familia permanecía en casa.
La vivienda, de grandes dimensiones, contaba con cuatro habitaciones y dos baños. Sandoval menciona que la familia realizaba pedidos a supermercados con entrega a domicilio y que la hija mayor colaboraba con la madre en la preparación de comidas.
El abogado también cuestiona la información sobre la escolarización de los hijos, enfatizando que ese aspecto no está claro en los documentos y que la mayoría de lo que se sabe proviene de testimonios de vecinos. “Nadie puede afirmar o negar nada”, plantea. Según su versión, los hijos no asistieron a la escuela y su educación se caracterizó por un modelo de enseñanza no formal, complementado por Battista.
Adicionalmente, menciona que la esposa de Battista había declarado entre 2022 y 2026 en la causa por las supuestas extorsiones, y que durante esos testimonios no manifestó en contra de su marido, un hecho que Sandoval utiliza para desafiar la interpretación de que ella sufría violencia.
El defensor rechaza rotundamente las acusaciones de maltrato. Según Sandoval, Battista busca que sus hijos cuenten la verdad sobre su realidad.
La vivienda presenta un aspecto descuidado, con cortinas cerradas y objetos esparcidos en el exterior. Una vecina narró que la esposa de Battista aparecía ocasionalmente en una ventana, sin responder a saludos.
Esta situación de aislamiento extremo motivó a los vecinos a presentar una denuncia, la cual derivó en una intervención del Ministerio Público Fiscal y la Policía de Chubut. Al allanar la casa, encontraron a los integrantes de la familia en situaciones de confinamiento y detuvieron a Battista.
Según lo narrado en una conferencia de prensa, la casa se hallaba en desorden, con alimentos en condiciones irregulares y los hijos durmiendo en un mismo cuarto, a pesar de contar con múltiples habitaciones.
La primera denuncia sobre la situación de la familia se formalizó el 10 de octubre, motivada por la preocupación de los vecinos por el aislamiento extremo y la falta de interacción social de los menores.
El 20 de octubre, tras varios intentos fallidos de la Policía Comunitaria por establecer contacto con la familia, el Servicio de Protección de Derechos intervino. Battista impidió su ingreso, y se generó un informe de riesgo donde se advirtió sobre la “vulnerabilidad extrema” de los integrantes del hogar.
Fuentes del caso indicaron que esta vulnerabilidad no es de carácter socioeconómico. Battista enfrenta cargos por abandono de persona agravado por el vínculo y privación ilegítima de la libertad, y la Justicia investiga sus acciones que habrían afectado la salud física y emocional, la capacidad de circulación y otros derechos fundamentales de su esposa e hijos.










