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La plaza que alberga los palacios más impresionantes del país y narra las historias de cinco aristócratas porteñas

22 septiembre, 2026
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La plaza que alberga los palacios más impresionantes del país y narra las historias de cinco aristócratas porteñas
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La Plaza San Martín experimentó una transformación radical a principios del siglo XX. Anteriormente, en este lugar funcionaron un mercado de esclavos, una plaza de toros y los cuarteles de Retiro. “Antes de 1900, el aspecto del lugar era muy diferente. En pocos años, tras levantarse estas magníficas propiedades, se transformó en una de las zonas más importantes de la ciudad en cuanto a su arquitectura”, señala Adolfo Brodaric, investigador especializado en patrimonio arquitectónico.

Algunas de las edificaciones más notables que aún rodean la plaza atestiguan esa época. Habitadas principalmente por familias aristocráticas, estas construcciones se levantaron con inspiración en la arquitectura europea y en los rascacielos neoyorquinos. Mercedes Castellanos, casada con Nicolás de Anchorena y propietaria del Palacio Anchorena, fue una de las figuras más significativas de la zona, así como Corina Kavanagh, que hizo construir, sobre la calle Florida al 1065, el edificio que se convertiría en el más alto de Sudamérica.

La Plaza San Martín se destaca por la convergencia de diferentes estilos arquitectónicos, sostiene Sergio López Martínez, arquitecto e historiador. Este lugar es considerado un palimpsesto, una suma de capas con estilos diversos. “Es quizás el lugar más icónico de la generación de 1880 en términos residenciales, con estilos que van desde la Belle Époque, el academicismo y el eclecticismo hasta el Art Decó, pasando por el neorrománico de la Iglesia del Santísimo Sacramento”, detalla. Además, precisa que en sus orígenes, los palacios pertenecían a una aristocracia estanciera.

Mercedes de Anchorena, viuda y heredera de una considerable fortuna, mandó a construir su residencia en la esquina de Arenales y Esmeralda, confiando el diseño al célebre arquitecto Alejandro Christophersen en 1909. “El Palacio Anchorena es uno de los ejemplos más sobresalientes del alto academicismo borbónico francés en Buenos Aires, dividido en tres alas, donde se distribuyeron Mercedes y dos de sus hijos, Enrique y Emilio, y sus respectivas familias”, menciona Marcos Ceballos, especialista en Patrimonio Arquitectónico. Indica que, tanto Mercedes como su hijo Aaron, habitaron la esquina de Arenales y Esmeralda.

Una reconocida filántropa, Mercedes recibió la condecoración de Condesa Pontificia. Fue la gran impulsora de la Basílica del Santísimo Sacramento, ubicada a pocos pasos de su palacio en San Martín 1039. Ceballos subraya que Mercedes viajó a Roma para mostrarle al Papa Benedicto XV los planos del templo, diseñado en 1914 por arquitectos franceses en estilo neogótico.

Entre sus numerosas acciones benéficas, promovía becas para estudiantes en el prestigioso Colegio Pío Latino en Roma. También construyó asilos y conventos; mandó edificar la Iglesia Nuestra Señora de las Mercedes, en el Bajo Belgrano, y donó parte de las instalaciones del Seminario de Villa Devoto. Fue reconocida como la única beneficiaria de una “Rosa de Oro”, concedida por el Papa Pío X por su labor en favor de la Iglesia Católica.

El Centenario de la Independencia, en 1916, marcó un gran festejo en los salones del Palacio Anchorena. Veinte años más tarde, la residencia fue vendida al gobierno nacional, que la destinó a la Cancillería. Desde 1997, el palacio es un Monumento Histórico Nacional.

Corina Kavanagh cobró notoriedad al inaugurarse en enero de 1936 el rascacielos más alto de Argentina y de América del Sur. La imponente estructura de concreto, de 120 metros, diseñada por los arquitectos Gregorio Sánchez, Ernesto Lagos y Luis María de la Torre, superó la altura del Palacio Barolo, que medía 100 metros y fue construido en 1923.

Kavanagh se destacó en un mercado inmobiliario predominantemente masculino. El arquitecto Juan Ignacio Ruffa explica que el rascacielos representó un quiebre tipológico, ideológico y cultural sin precedentes. “En el contexto urbano de la Plaza San Martín, consolidado por la aristocracia mediante el tipo de hotel particular y el château afrancesado, como los palacios Anchorena, Paz, Villar o Tornquist, la intervención de Corina Kavanagh no solo fue un mecenazgo, sino una audaz operación inmobiliaria innovadora”, sostiene. Considera que, al financiar en 1934 la construcción de la Torre Kavanagh, modificó la escala residencial horizontal del área e impuso un nuevo estándar de verticalidad moderna en Buenos Aires.

Ceballos menciona que Corina fue objeto de una leyenda urbana relacionada con un romance con Aaron Anchorena, hijo de Mercedes Castellanos. Se dice que esta relación no fue aprobada por la viuda de Anchorena, lo que habría llevado a Corina a construir el edificio para ocultar la vista de la Iglesia del Santísimo Sacramento, construida por su futura suegra. “Este relato no es verídico, ya que las fechas no coinciden, pero es un cuento muy romántico que perdura hasta hoy”, advierte.

Brodaric expresa dudas sobre la veracidad de esa relación y recalca que, cronológicamente, la historia no tiene sustento, ya que Mercedes falleció en 1920 y la construcción del edificio comenzó en 1934. “El edificio, en realidad, no busca tapar la iglesia, ya que el pasaje se deja para brindar aire al templo”, añade.

Ruffa explica que el papel de Kavanagh fue crucial al otorgar un grado de autonomía proyectual inusual al estudio de arquitectos. Esta libertad les permitió alejar la obra del historicismo predominante y adoptar un lenguaje racionalista con influencias Art Déco, caracterizado por volúmenes puros y falta de ornamentación. Según Ruffa, la torre redefinió de manera irreversible el perfil urbano y el horizonte visual de la Plaza San Martín, y desde 1999 es Monumento Histórico Nacional.

Las otras mujeres que habitaron las grandes residencias alrededor de la plaza fueron Zelmira Paz de Gainza, anfitriona del Palacio Paz; Rosa Altgelt de Tornquist, esposa de un banquero y propietario del Hotel Plaza; y Cristina Casacuberta de Villar, quien ocupó una de las primeras mansiones en la zona.

Zelmira Paz de Gainza, hija de José C. Paz, fundador de un notable diario, residió en una de las propiedades más impresionantes del país. La fachada de su mansión, ubicada sobre Plaza San Martín, se inspira en un frente del Museo del Louvre y el castillo de Chantilly. “El majestuoso edificio es una obra de estilo francés diseñada por el arquitecto Louis Marie Henri Sortais, a pedido de su padre. La construcción inició a comienzos del siglo XX y se inauguró en 1914, siendo la residencia privada más grande de Argentina”, destaca Ceballos.

Con un total de 12.000 metros cubiertos, el palacio cuenta con 140 ambientes, 17 escalinatas, cinco comedores y 10 ascensores para sus cuatro niveles y el entrepiso. José C. Paz no llegó a disfrutar del inmueble, pero lo hicieron su esposa y sus dos hijos, Ezequiel y Zelmira, quienes se instalaron en diferentes alas de la mansión. Zelmira estuvo casada con Alberto Gainza y, luego de enviudar, se casó con Aaron Anchorena. Su hijo, Alberto Gainza Paz, reconocido periodista y empresario, fue director del diario por un largo período. En 1938, la familia vendió la propiedad al Círculo Militar, y el Palacio Paz fue declarado Monumento Histórico Nacional en 2014.

La residencia de Rosa Altgelt de Tornquist y su esposo se ubicaba frente al Hotel Plaza. Era un palacio de estilo italiano levantado en 1880 por un arquitecto alemán. La familia habitó allí hasta 1928, momento en el que la propiedad fue vendida y demolida.

El icónico Hotel Plaza, que se prepara para su reapertura, aún se erige en la esquina de Florida y Marcelo T. de Alvear. Inaugurado en 1909 con motivo del centenario de la Revolución de Mayo, fue el primer hotel de lujo de Sudamérica. Tornquist lo encargó a otro arquitecto alemán, Alfred Zucker, aunque nunca llegó a conocer su obra, falleciendo un año antes de su inauguración.

En 1994, el hotel pasó a ser administrado por una conocida cadena y, desde 2013, se incorporó a un grupo local. Cerró sus puertas en 2017 y, tras un proceso de renovación, abrirá con una propuesta que incluye departamentos y un servicio de hotelería de lujo.

Cristina Casacuberta de Villar, esposa del hacendado Reinaldo Villar, habitó la Residencia Villar. “En 1883, su marido adquirió una casa austera de un particular, pero luego solicitó a un ingeniero suizo la construcción de su residencia, con un estilo renacentista y decoraciones medievales”, relata Ceballos.

Años después, en la década de 1920, la hija de la pareja llevó a cabo una remodelación completa a manos del arquitecto Fortunato Passeron, dándole un estilo neogótico francés. La familia Villar vendió el Palacio al Banco Popular Argentino en 1935 y, en 1942, pasó a ser parte de la Administración de Parques Nacionales. Desde 2001, es también Monumento Histórico Nacional.

López Martínez recuerda un análisis realizado por Federico Ortiz en su libro sobre la historia del arte en Argentina, en el que afirmaba que, urbanísticamente, la zona de Plaza San Martín era la más

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