Originario de Córdoba y con un acento que ha mantenido a pesar de sus cuatro décadas en Israel, Klor destacó que la estabilización del país en 1985 fue una respuesta a una crisis acumulada desde finales de los años sesenta, caracterizada por conflictos bélicos, tensiones geopolíticas, una inflación cercana al 450% anual, una economía altamente centralizada, un gasto público que representaba aproximadamente el 76% del PBI, un déficit fiscal del 17%, fuga de capitales y el riesgo de un default. “Estuvimos ahí, casi”, afirmó Klor, subrayando una diferencia clave con Argentina, que ha experimentado múltiples incumplimientos.
En ese marco, se llevaron a cabo planes parciales que resultaron fallidos. Según Klor, esto ocurrió porque “no se diseñó inicialmente una estrategia de largo plazo, sino un programa para detener la emergencia y recuperar estabilidad”.
El programa exitoso combinó ajustes fiscales y monetarios. Se puso fin a la indexación, se devaluó la moneda inicialmente un 20% y se estableció un tipo de cambio fijo como ancla. Además, se redujo el gasto público del 76% al 60% del PBI, se restringió el crédito y la emisión monetaria destinada a financiar el déficit, así como se aplicaron tasas de interés elevadas. La inflación descendió rápidamente hasta alrededor del 20%, aunque se mantuvo en ese nivel hasta finales de los años ochenta o inicios de los noventa debido a su persistencia. Este ajuste implicó costos sociales significativos, con una reducción de casi el 10% en los salarios reales durante los primeros años.
El profesor enfatizó que la viabilidad del programa dependió tanto del contexto político como de las medidas económicas implementadas. “En 1984 se formó un gobierno de unidad entre las principales fuerzas de centroizquierda y centroderecha. Ambos partidos, los sindicatos y el sector empresarial acordaron asumir el costo social del ajuste y sostenerlo a pesar del impacto electoral. Este compromiso compartido permitió modificar las reglas y otorgó tiempo para que las medidas dieran resultados”.
Asimismo, se introdujeron normas de responsabilidad fiscal y disciplina monetaria. “La ley presupuestaria exige aprobar el presupuesto antes de finales de marzo; si no se cumple, el gobierno cae. Esto limita el déficit aceptable. La independencia del Banco Central se aplicó de manera informal al principio: los partidos y las autoridades monetarias aceptaron que el Banco Central no financiara el déficit imprimiendo dinero. La ley formal de independencia se promulgó en 2010. Aunque las reglas fiscales no prevén sanciones legales por incumplimiento, violarlas conlleva un alto costo político. Con el tiempo, la responsabilidad fiscal se transformó en una expectativa del electorado, independientemente del partido en el poder”, comentó Klor.
En este contexto, el marco institucional se mantuvo estable, pero las políticas específicas variaron conforme avanzaba la economía. “Luego de una recesión inicial, se impulsaron las liberalizaciones y privatizaciones desde finales de los años ochenta, se eliminaron controles de precios y, desde el 2000, se adoptó un tipo de cambio flotante. La continuidad de las reglas entre gobiernos permitió ajustar el modelo sin alterar su compromiso fundamental con la estabilidad”, añadió.
Un elemento crucial fue la innovación tecnológica, que convirtió a Israel en una nación prominente en tecnología, con miles de emprendedores y un sólido apoyo del ecosistema universitario, institutos de investigación y el Estado. Esto permitió que el país pasara en poco tiempo de exportar naranjas y flores a convertirse en una potencia tecnológica.
“La estabilidad no generó por sí sola la industria tecnológica, pero proporcionó un sustrato propicio para inversiones a largo plazo. Desde inicios de los años noventa, el incremento de la inversión en investigación y desarrollo favoreció la creación de un ecosistema de alta tecnología. Al reducir la incertidumbre económica, la estabilidad permitió evaluar proyectos con horizontes de cinco, diez o quince años, a pesar de los riesgos inherentes a la innovación. El éxito de este ecosistema atrajo centros de investigación de multinacionales como Apple, Google y Nvidia”, concluyó Klor.
Por supuesto, no todo fue un camino sencillo. “La transformación del sector privado fue un proceso largo y costoso: no todas las empresas lograron sobrevivir, y los incentivos empresariales tuvieron que evolucionar desde la mera supervivencia hacia la adaptación y la competitividad. El sector tecnológico logró alcanzar altos niveles de productividad e ingresos, pero aún se esperaba una generación de riqueza más significativa”.










