Desde temprana edad, Mikele se familiarizó con el hospital como un espacio cotidiano. Comprendió que las internaciones se habían vuelto parte de la rutina familiar, así como las operaciones que alteraban los planes de sus semanas. Su padre, José María, fue diagnosticado con cáncer de colon cuando ella tenía apenas 8 años. Cuando se detectó la enfermedad, ya estaba en fase avanzada, lo que dio paso a múltiples metástasis y eventualmente a un cáncer cerebral que acabó con su vida en cuestión de días.
“Vivimos con él más tiempo enfermo que sano”, reflexiona Mikele. La familia siempre se mantuvo unida. Ella y su hermana mayor acompañaban a su padre en tratamientos y hospitalizaciones. Sin embargo, José María se negaba a aceptar las malas noticias; su espíritu combativo lo llevó a buscar tratamientos innovadores, a indagar y a insistir en métodos que los médicos consideraban arriesgados. “Él enfrentó su situación con una actitud positiva y proactiva”, rememora su hija.
Aprovechar cada instante fue un mantra en la vida de su padre. Si algún tratamiento le otorgaba tiempo adicional, él lo vivía al máximo. Lo que muchos consideraban un final inminente, para él era una oportunidad para luchar. “Era un paciente que desafiaba las expectativas”, sostiene Mikele. “Su manera de sobrellevar la enfermedad lo llevó a sobrevivir mucho más de lo previsto. Algún día me gustaría investigar cómo el estado emocional influye en estas enfermedades”.
Tras su fallecimiento, Mikele enfrentó el proceso de duelo, que dejó una enseñanza valiosa: ante lo incontrolable, es fundamental hacer lo mejor posible con los recursos disponibles. A medida que crecían sus inquietudes, comenzó a plantearse preguntas sobre el origen de las enfermedades, su evolución y posibles intervenciones.
Al optar por su carrera, eligió la genética, guiada por el anhelo de encontrar una cura para el cáncer que afectó a su padre. Su elección académica fue pragmática: la carrera pública se dictaba en Misiones y Pergamino, así que priorizó esta última. Posteriormente, se trasladó a Buenos Aires para trabajar en su tesis sobre leucemia linfocítica crónica.
Durante su formación, se topó con el concepto de medicina regenerativa. Las células madre tienen la habilidad de recibir señales y transformarse en diversos tejidos, lo que despertó su interés en cómo podían contribuir a la recuperación de tejidos dañados. Pensó en su padre, quien sufrió múltiples cirugías abdominales, dejando cicatrices que afectaron su capacidad de sanación. También recordó el dolor adicional que generaban los tratamientos, que podrían provocar lesiones, ampollas y úlceras.
Las marcas visibles impactaron profundamente en su padre, quien evitaba mostrarse en público por vergüenza a sus cicatrices. “Era evidente que estos aspectos psicológicos hacían más difícil su situación”, explica Mikele.
La idea de crear un parche innovador comenzó a tomar forma durante su doctorado en el CONICET. Más tarde, al ingresar a Fleni con un proyecto de medicina regenerativa por impresión 3D, conoció a Charly, quien se convertiría en su director de tesis y compañero de emprendimiento. Juntos compartían una motivación personal; el padre de Charly también había enfrentado un trasplante de corazón, y la recuperación de escaras después de la operación llamó su atención.
Entonces, fundaron Vesicly, una startup cuyo nombre proviene de vesículas extracelulares, que incluyen los exosomas utilizados en su investigación. Su propuesta unifica exosomas de células madre mesenquimatosas con un parche impreso en 3D. Mikele lo explica de manera sencilla: “Los exosomas actúan como señales para las células del tejido lesionado, impulsando su regeneración”.
El parche se aplica directamente sobre la herida y no opera como una curita convencional. A medida que el organismo lo absorbe, se va integrando; las pruebas han mostrado que algunos parches se desvanecen en dos o tres días, y al finalizar la primera semana, todos desaparecieron. En ensayos con modelos animales, se constató la regeneración del tejido completo en un lapso de 11 días.
El equipo descubrió que no solo se regeneraba la piel, sino que también había crecimiento de tejido muscular y cabello en la zona afectada. Sin embargo, Mikele se muestra cautelosa: lo logrado en animales no garantiza resultados similares en humanos, y deben completarse los estudios preclínicos y cumplir con los requisitos regulatorios antes de avanzar a la fase clínica.
Aunque actualmente no existe un tratamiento disponible para pacientes, la investigación se centra en demostrar seguridad y eficacia. El paso siguiente es crucial; Vesicly ya ha realizado experimentos en células y en animales pequeños y busca financiamiento adicional.
Recientemente, el proyecto recibió apoyo de Corfo, una entidad chilena dedicada a financiar startups. Además, Mikele tiene programado un viaje a Silicon Valley, tras haber ganado un programa enfocado en longevidad, donde representará a su país, participando en capacitaciones y encuentros con inversores del sector tecnológico.
El objetivo inicial es claro: enfocarse en aplicaciones dermatológicas. Buscan abordar quemaduras severas, heridas crónicas y úlceras, iniciativas donde desean validar la efectividad de su tecnología. A futuro, si todo avanza, contemplan ampliar su uso a otros tejidos como el cardíaco, ocular y neuronal.
Aunque José María no pudo ver el fruto de estas investigaciones, su legado inspiró a Mikele a dedicarse a la genética y la investigación de células madre. Hoy, a los 32 años, trabaja para que su labor investigativa en un laboratorio tenga un impacto significativo más allá de sus confines, aunque aún queda un camino por recorrer.










