Susskind es investigador del King’s College de Londres y del Instituto de Ética en IA de la Universidad de Oxford. Es autor de varios libros y ahora presenta What Should My Children Do? How to Flourish in the Age of AI (¿Qué deberían hacer mis hijos? Cómo prosperar en la era de la IA).
El economista considera necesario aceptar estas herramientas, en vez de resistirse a ellas, y anima a los jóvenes a explorar posibilidades antes inaccesibles. A su juicio, la IA puede cambiar la enseñanza mediante una educación más personalizada y económica. “Aquellos a los que no se les enseñe con estas tecnologías van a quedar rezagados”, advierte. Propone que cada materia enseñe tanto a usar la IA de manera eficaz como a trabajar sin ella.
—En su nuevo libro se pregunta qué necesitan los chicos para prosperar en la era de la inteligencia artificial. ¿Qué les recomendaría a los padres?
—Hoy se percibe que estamos a la deriva y no sabemos bien cómo actuar frente a estas tecnologías. Esa incertidumbre alcanza a padres, dirigentes empresariales y políticos. Como resultado, es habitual querer prohibirlas, restringirlas o culpar a los jóvenes por utilizarlas. Es uno de los mayores errores por dos motivos. Primero, le fallamos a la próxima generación si no la preparamos para el mundo en el que vivirá y, en cambio, la formamos para nuestro pasado. Además, no imaginamos suficientemente cómo aprovechar estas herramientas para ayudar a los jóvenes a entender ideas, resolver problemas y, con el tiempo, hacer descubrimientos que antes habrían sido inconcebibles. La recomendación fundamental es aceptar estas tecnologías, no resistirse a ellas.
—Pero, ¿cómo podrían prepararlos si aún como adultos no saben cómo será el mundo que viene?
—Si tuviera que dar un consejo muy básico, el punto de partida del libro sería recuperar lo esencial: alfabetización, habilidades matemáticas y pensamiento crítico. Nos espera un futuro muy incierto. Es extremadamente difícil prever qué trabajos existirán y qué capacidades tendrán más valor. Tal vez sean la creatividad, el criterio o la empatía. No creo que podamos saberlo. La última década está llena de pronósticos sobre los empleos y las habilidades necesarios que quedaron en ridículo.
Los datos más recientes de la OCDE indican que, desde 2009, disminuyen los niveles de alfabetización y matemática entre los jóvenes de todo el mundo. Es un desastre, sobre todo si pensamos en cómo preparar a las próximas generaciones. “Sea cual sea el futuro, y los empleos que terminen teniendo demanda, sabemos que esas habilidades básicas van a ser fundamentales, son los pilares sobre los que se construye todo lo demás”. Los economistas llamarían a esto una estrategia de arrepentimiento nulo.
—¿Qué deberían hacer las escuelas?
—En 2013, el entonces primer ministro británico, David Cameron, anunció que Inglaterra sería el primer lugar del mundo en exigir que todos los alumnos de primaria y secundaria aprendieran a programar. Michael Gove, secretario de Educación en ese momento, afirmó que esas eran las capacidades técnicas que la próxima generación necesitaría para triunfar en el siglo XXI. Muchos países siguieron el ejemplo. Diez años después, los sistemas de IA generativa sobresalen precisamente en escribir código. Ese conjunto de habilidades, pensado para preparar a los estudiantes para toda su vida laboral, quedó desactualizado antes de que terminaran la escuela. No fue mala suerte: quienes diseñaron la política se dejaron llevar por la idea de “prepararse para el futuro”. Un tercio del tiempo educativo —en primaria, secundaria, universidad o formación profesional— debería destinarse a enseñar un uso práctico y eficaz de la IA.
En el ámbito educativo hay un reconocimiento claro de que hace falta actuar, pero la situación es caótica. Si un chico pregunta a sus padres si puede usar IA para hacer la tarea, no hay una respuesta inequívoca. Docentes y responsables del sistema educativo han recibido favorablemente la claridad práctica que intento ofrecer en el libro. Aunque no coincidan con todas las propuestas, les resulta útil contar con una estrategia para responder.
—Pero, ¿cómo pueden las escuelas enseñar a usar la IA sin que los alumnos pierdan esas habilidades básicas? ¿dónde deberían trazar la línea?
—¿Por qué alguien se preocuparía por aprender a hacer una cuenta difícil si ChatGPT puede hacerlo para ellos? ¿Por qué preocuparse por sentarse con un libro difícil, si Claude puede responder cualquier pregunta que pueda tener? Ese es el gran dilema.
En las décadas de 1970 y 1980 atravesamos una situación parecida, cuando preocupaba el uso de la calculadora. Wilfred Halliday Cockcroft, académico británico, propuso dividir la enseñanza de matemática en dos partes: aprender a usar esa herramienta nueva y poderosa para que los alumnos pudieran comprender problemas que de otro modo quedarían fuera de su alcance, y aprender a prescindir de ella para conservar las habilidades aritméticas. También planteó evaluar ambas capacidades, para que se les diera la misma importancia. Hay que enseñar y evaluar las dos. Por eso, cada materia debería incluir el uso de la IA y, a la vez, preservar instancias de aprendizaje sin esa herramienta. Y deberían evaluarse ambas capacidades.
—¿La inteligencia artificial puede ayudar a reducir las desigualdades educativas al permitir que todos tengan acceso a un tutor, o podría ampliar o generar una nueva brecha entre quienes saben utilizarla y quienes no?
—Es una cuestión importante. Hay estudios que sugieren que los alumnos con tutorías suelen obtener mejores resultados que casi todos los demás. Hace unos cinco años se advertía sobre el peligro de un sistema educativo de dos velocidades: algunos tendrían acceso a la mejor educación personalizada, con tutores y docentes humanos, mientras que buena parte del sistema recurriría a tutores de IA para intentar reproducir esa experiencia. Eso ya cambió. En los últimos años, estos sistemas se volvieron extraordinariamente eficaces para adaptar la enseñanza a cada persona. En mi opinión, la interacción personalizada que ofrecen supera la que podría brindar el 95 por ciento de los docentes humanos tradicionales. Creo que la desigualdad se mueve en la dirección opuesta. “Aquellos a los que no se les enseñe con estas tecnologías van a quedar rezagados”.
—¿Qué deberían hacer los gobiernos con recursos limitados?
—Esa es, en parte, la promesa de estas herramientas. Ya hablamos de reformar qué enseñamos, pero también debemos cambiar cómo enseñamos. Sabíamos que las tutorías humanas son muy eficaces, aunque esas reformas eran demasiado costosas para la mayoría de los gobiernos. Por eso resulta tan interesante y prometedor que estos sistemas de IA ofrezcan una interacción personalizada semejante a la de un tutor humano, pero a un costo mucho menor. Permiten adaptar la educación de forma más asequible. Los gobiernos deberían explorar de manera mucho más sistemática el aprendizaje personalizado: es una reforma importante que tendrían que considerar.
—¿Deberían invertir en capacitar a los docentes en el uso de estos sistemas?
—Ese es uno de los grandes desafíos. Muchos docentes aún no se sienten completamente cómodos ni preparados para usar estas tecnologías. Hay que pensar cómo capacitar a quienes ya enseñan e incorporar a otros con experiencias y capacidades diferentes. Es un asunto que debemos resolver; de lo contrario, le fallaremos a la próxima generación. No basta con afirmar que hacen falta cambios: hay que garantizar que los docentes tengan las herramientas necesarias para llevarlos adelante.
—Algunas de las críticas plantean que su mirada de la IA es muy optimista, ¿cuál cree que es el riesgo que, en este momento, estamos subestimando?
—Soy optimista sobre las posibilidades de estas tecnologías, pero también conozco sus riesgos. Los principales se relacionan con su capacidad para captar nuestra atención y mantenerla, y con la distracción de los jóvenes.
Me parece que hoy el mayor límite de estas herramientas es nuestra capacidad para imaginar cómo usarlas. Esa tarea nos corresponde a padres, docentes, políticos, dirigentes empresariales, directivos y a todos los demás. También les corresponde a las nuevas generaciones. Al final del libro cito una frase de la poeta Louise Glück: “Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria”. Me gusta porque expresa la apertura mental y la disposición de los chicos a hacerse grandes preguntas, cualidades que pueden perderse con los años, cuando uno se vuelve más cínico. Los jóvenes también tienen que ayudarnos a encontrar formas creativas y productivas de aprovechar estas tecnologías.
—¿Cuál sería su recomendación para quienes deben decidir una carrera universitaria?
—Una práctica poco útil es alentarlos a preguntarse qué trabajo quieren hacer. Esa pregunta sirve cada vez menos. Los empleos están cambiando y cambiarán mucho en los próximos años. Si eligen una profesión porque quieren hacer lo mismo que sus padres o abuelos, es probable que se decepcionen: esos trabajos atraviesan transformaciones radicales. Les recomendaría preguntarse qué problemas quieren resolver, no qué empleo quieren tener. Esos problemas no van a desaparecer; en muchos casos, creo que se agravarán. Lo que cambiará radicalmente será la manera de resolverlos y los trabajos necesarios para hacerlo.
—¿Sus investigaciones cambiaron de alguna manera concreta la forma en que educa a tus hijos?
—Quería mostrar cómo llevar estas ideas a la práctica. El libro reúne muchos ejemplos de cómo uso estas tecnologías para hacer con mis hijos cosas interesantes, creativas y útiles. Tienen ocho, cinco y dos años.
Cuando era chico, mi padre y yo imaginamos el cuento El día que nadie fue a Disney. La historia era más o menos así: mi padre me prometía que al día siguiente iríamos a Disney. Al despertarme, encontraba un día espléndido, con cielo azul y calor. Entonces él decidía que no fuéramos porque el parque estaría lleno. Al verme tan decepcionado, finalmente íbamos. Había poco tránsito y el estacionamiento estaba completamente vacío: todos habían pensado lo mismo. El cuento trataría de que estábamos solos en Disney, con todas las atracciones y toda la comida para nosotros.
Siempre conversábamos sobre esa historia, pero nunca la escribimos. Mi hija de ocho años la oyó durante un almuerzo familiar y me pidió que se la contara. Le di a ChatGPT las ideas principales y le pedí que desarrollara el cuento al estilo del Dr. Seuss, su autor favorito. Lo hizo en unos segundos. No era perfecto, pero lo leímos juntos y nos reímos. Habíamos logrado algo que mi padre y yo no pudimos hacer durante décadas. Y eso no le quitó valor a nuestra relación: la fortaleció.










