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Argentina y la búsqueda de un liderazgo que aún no se materializa

21 julio, 2026
in Política
Argentina y la búsqueda de un liderazgo que aún no se materializa
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En la actualidad, la política argentina enfrenta un casillero vacío que sigue siendo difícil de llenar. La irrupción de Javier Milei en la escena electoral no ha logrado satisfacer una necesidad latente en la población: una motivación trascendental que trasciende divisiones. Esta demanda se hizo evidente durante momentos clave, como el Mundial de fútbol, especialmente en el encuentro contra Inglaterra. La Selección argentina, encabezada por Messi y Scaloni, junto con la cuestión de Malvinas, logró captar una corriente de identificación que la política no ha sabido representar de forma adecuada. La dificultad radica en que esta aspiración no se ha traducido en una oferta política que sea audaz, inteligente y viable, capaz de llegar al poder y ejercerlo con firmeza.

Dicha necesidad se basa en un entramado de millones de argentinos que, dejando de lado sus prejuicios, establecen conexiones emocionales con dos causas: la camiseta de la Selección, símbolo de unidad y nostalgia, y las Malvinas, una herida que ha perdurado durante más de cuatro décadas. Este tipo de nacionalismo es de baja intensidad y dista de aquellos discursos más extremos o xenófobos que han prevalecido en la historia.

El Mundial y la emoción en torno a Malvinas presentan una oportunidad para quienes buscan ofrecer un liderazgo que propulse a Argentina hacia un progreso económico sustentable, evitando la polarización y fomentando la unión social. La perfecta utopía sería que esa oferta no solo no reavivara divisiones, sino que, por el contrario, aglutinara a las multitudes, convocando a una amplia participación y compromiso.

Está claro que cualquier cambio de Gobierno que busque transformar la realidad del país en uno o dos mandatos se verá obligado a enfrentar el inevitable movimiento del péndulo hacia los extremos. La política de transformación duradera depende, en última instancia, de la capacidad de forjar un consenso social que logre trascender las divisiones. Lo que se huele en esa demanda es una especie de orgullo alegre por ser argentino: un nacionalismo inocente, sin voluntad de construir enemigos. Apenas, enfocado en disfrutar de la familia, el asado con amigos, el fútbol, las librerías, las vacaciones, la escuela pública, de una pista donde tirar unos pasos y en valorar el esfuerzo diario como forma de avanzar.

Esta Selección representó muy bien algo de todo eso: amigos, esfuerzo, progreso social tanto en el Mundial como en la vida, y una sensibilidad leve que llevó al acto espontáneo de recoger una bandera arrojada desde la tribuna, sin premeditación ni alevosía ideológica. Este gesto fue pura evidencia de una sensibilidad compartida entre generaciones, uniendo a los pibes de hoy con los de ayer en las islas.

Ahí hay material narrativo y propositivo suficiente para una política que abandone el horizonte sacrificial, de batallas culturales y guerra contra los poderes fácticos, y que proponga la belleza de la vida cotidiana y el compromiso con la tarea. Por ahora, es un guante que nadie logra recoger, dejando esa necesidad de liderazgo sin respuesta.

Esa sociedad solo se expresa, por el momento, en el fútbol mundialista y en el dolor rememorado por Malvinas. Algo también despuntó en la muerte del Indio Solari: una transversalidad federal y social que convocó a seguidores de diversas edades en todo el territorio.

Para los gobiernos, abrazar estas causas, y más si están entrelazadas, representa un desafío. El caso del actual presidente no es una excepción: su calidad de outsider ha ido disminuyendo, haciendo difícil encontrar una nueva relación con la demanda de Malvinas y una nueva perspectiva política hacia la Selección nacional.

El fenómeno Milei presenta una desconexión emocional: el monocomando de la rabia deja afuera los varios matices que mueven el deseo de la sociedad, es decir, de los votantes. ¿Una vez que se apaga la rabia, o se traslada al Gobierno que la encarnó mejor que nadie en 2023, qué queda? El mileísmo en el poder no parece contar con una respuesta efectiva: la ira y la división se han convertido en un acto reflejo.

En general, el Gobierno que se encuentra en el poder no logra convertirse en un verdadero gobierno de todos. Alfonsín tuvo un desafío algo más sencillo, en cierto sentido: la Argentina que gobernó en su momento enfrentaba un enemigo común que estaba más allá de la sociedad, el poder militar. Esa cohesión nacional llegó a través de ese contexto y un liderazgo alfonsinista que supo leer la época en función de esa realidad. No es casual que la Selección del ‘86 celebrara su triunfo en el Mundial desde el balcón de la Casa Rosada. Tampoco es casual que Alfonsín, consciente de su figura de consenso, se hizo a un costado para despejar cualquier sospecha de aprovechamiento político.

En 2014, se observó un cambio de paradigma: la Selección quedó como vice campeona en ese Mundial, y fue Cristina Kirchner quien se trasladó hasta Ezeiza para recibirlos. La Selección comenzó a adquirir un poder simbólico mayor que el de la esfera política y la Casa Rosada. Se vivió una Cristina Kirchner que copó la escena con su protagonismo, ejemplificando un giro en la representación política: la mención de Ezequiel Lavezzi como “sex symbol” es un testimonio de la transición de la ejemplaridad alfonsinista al narcisismo cristinista. Con la llegada de Alberto Fernández, la Selección campeona optó por rechazar la invitación a Casa Rosada, y en Ezeiza, Lionel Messi esquivó el abrazo de Eduardo “Wado” De Pedro, quien se acercó a recibirlo, mientras que Claudio “Chiqui” Tapia se puso en medio, actuando como escudo humano para evitar esa apropiación política. La cercanía a la política dejó de ser, definitivamente, un activo que conviniera a la Selección. Al contrario, se convirtió en el riesgo de contagio de un sesgo negativo.

En el caso de Milei, la búsqueda de supersticiones lo mantuvo en el país. Fue el único mandatario que debía estar en la Final y no asistió. Su cábala funcionó en dos direcciones: al no asistir, intentó evitar que su presencia traiga mala suerte a la Selección, repitiendo la forma en que vio los partidos anteriores, además de evitar que una eventual derrota se asocie a él. Se mostró reacio a ser considerado “mufa” o “yeta”. En este sentido, Mauricio Macri resolvió el dilema con mayor eficacia: asistió como funcionario de Fundación FIFA en el Mundial de Qatar y, a pesar de todo, Argentina salió campeona. La suerte estuvo de su lado.

Sin embargo, en los dos temas que se cruzaron de manera inusual la semana pasada, Malvinas y fútbol, el Gobierno tuvo dificultades. La ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, se mostró más enfática de lo necesario para evitar que los fanáticos llevaran banderas politizadas a los partidos. La sábana-bandera de un joven de Villa Luro, que fue recogida por la Selección del césped del estadio, provocó un cimbronazo geopolítico y se convirtió en prueba palpable de esa demanda emocional vigente en torno a Malvinas. La postura severa de Monteoliva puso al Gobierno en offside, excluyéndolo del aura de la emoción ligada a Malvinas.

Victoria Villarruel, al retomarse a la retórica conservadora y nacionalista, se refirió a la Selección de Inglaterra como “piratas usurpadores”, un lenguaje que no representa el sentir más generalizado de la nación. Con su habitual olfato político, Patricia Bullrich se distanció de Monteoliva y se retrató animando a la Selección con un termo que decía: “Islas Malvinas. Siempre nuestras”.

Desde Casa Rosada, el momento vinculado a Malvinas y la Selección resultó difícil de digerir. Milei buscó respuestas que no lograron ser claras: ¿condenó o no a la Selección por generar ruido en la diplomacia? El festejo de la Final también representó un desafío: desde el viernes, circulaban versiones sobre un asueto. El Gobierno había anunciado un festejo y un asueto anticipadamente, pero este quedó completamente desactivado por los mismos jugadores. La Selección también es supersticiosa: una fuente confiable confirmó que nadie en el círculo rojo de Tapia estaba dispuesto a plantearle el tema a Messi y sus compañeros antes de que se jugara el partido del domingo. Lo único que se había previsto fue la reserva de un avión y espacio en la pista argentina para el domingo por la noche.

La combinación de Mundial y Malvinas obligó a todos a realizar algún malabar. Jorge Brito, el banquero que busca su destino de outsider, también aprovechó la ocasión: se publicó una imagen familiar donde Brito se destacaba con una remera que llevaba impresa la frase “Malvinas 1982”.

La estructura emocional de Argentina, que posee una base política sólida, sigue huérfana. Esa demanda social aún no encuentra respuesta en una oferta que tenga en cuenta el contexto político: el fútbol del Mundial y el sentimiento por Malvinas representan una emocionalidad que surge desde las bases, generando alegría pero también un dolor auténtico, y sorprende cada vez que emerge. Este sentir no ha sido representado adecuadamente por el kirchnerismo ni por el actual gobierno de Milei.

El término “liderazgo superador” suena alarmante: parece un espejismo. Sin embargo, contiene un fondo de verdad: Argentina continúa en espera de una figura política que gestione su propia estructura y que reinvente las posibilidades del país. Pro y Mauricio Macri representaron, en parte, esa opción en 2015: un giro hacia la práctica republicana en la política y una voluntad de racionalidad económica. No obstante, esto resultó insuficiente y convirtió el vacío en una oportunidad para que Milei asumiera el poder, capitalizando a través de una fuerte ola de convencimiento político ante un cambio macroeconómico que responde a todo.

El giro completo implica la convergencia de tres elementos clave: el giro republicano, el giro macroeconómico y el giro del cemento emocional. Todos, o la mayoría de los argentinos, deben tirar hacia el mismo lado. Esa pulsión transformada en una emoción colectiva, es decir, una esperanza sostenida para el futuro: sobre esa vibración se construirá un futuro duradero. Por el contrario, si prevalece una percepción de fracaso o de éxito que excluye a muchos, en algún momento la calesita de la historia vuelve a cero.

No hay que confundir “liderazgo superador” con una propuesta bienintencionada o una ilusión de cohesión construida a partir de un centrismo retórico: esta impostura es evidente en el actual ámbito político, con nombres y apellidos que se apropian de dicho fingimiento. En el cuadrante peronista, Sergio Massa intenta desde hace años alcanzar esa meta: la esperanza blanca capitalista de un kirchnerismo que ha virado demasiado hacia la izquierda y hacia un modelo distribucionista deficitario y sin sostenibilidad. En el cuadrante de centro derecha, Horacio Rodríguez Larreta también se asoma a un discurso que intenta ser transversal, pero que terminan siendo vacíos al carecer de contenido.

La esperanza se centra en captar lo que supere las grietas y cosechar votos tanto de derecha como de izquierda. Sin embargo, persiste la falta de un liderazgo capaz de desafiar el poder, que proponga respuestas inteligentes y contagiosas, con una visión de futuro sólido tanto en el orden macro como micro. Este sigue siendo el reto más inmediato para Argentina.

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