Tras años de letargo, el mercado inmobiliario cierra el 2025 con los mejores indicadores de la década, impulsado fundamentalmente por la masificación del crédito hipotecario. La baja de la inflación a un dígito anual y la estabilidad cambiaria han permitido que la banca privada vuelva a ofrecer préstamos a 20 y 30 años con tasas competitivas, reactivando el sueño de la casa propia para la clase media. El stock de créditos UVA ha crecido exponencialmente en el último semestre, dinamizando no solo la compraventa de usados, sino también el lanzamiento de nuevos desarrollos desde el pozo (“Real Estate”).
Este boom tiene un efecto multiplicador inmediato en la economía real. La construcción privada, que había sufrido el parate de la obra pública, hoy lidera la creación de empleo registrado, demandando mano de obra intensiva y traccionando a industrias satélites como la del cemento, acero y terminaciones. Los despachos de materiales de construcción registran un alza interanual sostenida, confirmando que la inversión se está volcando al ladrillo como refugio de valor y oportunidad de capitalización.
Sin embargo, el fenómeno trae aparejado un desafío: la suba de los precios de las propiedades en dólares. En los principales barrios de Buenos Aires y Córdoba, el metro cuadrado ha recuperado gran parte del valor perdido post-2018, lo que empieza a elevar la barrera de entrada para los nuevos compradores. El Gobierno monitorea esta tendencia, apostando a que la mayor oferta de unidades nuevas en 2026 ayude a equilibrar el mercado y evitar una burbuja de precios que frene la dinámica positiva.













