El informe pone de relieve la desconexión de la juventud argentina con instituciones clave para su integración social, como el trabajo y la educación. La encuesta, efectuada entre diciembre de 2025 y enero de 2026 sobre 1.002 jóvenes, encontró que el 27% de los jóvenes vulnerables reside en el Área Metropolitana de Buenos Aires, mientras que el 73% se dispersa por el resto del país. Si bien más de la mitad (56,3%) no tiene hijos, cerca del 20% tiene dos o más.
La mayoría de estos jóvenes vive en hogares numerosos, con un 46,2% residiendo en familias de cinco o más integrantes, mientras que solo el 2,9% pertenece a hogares monoparentales. Uno de los aspectos más críticos del informe es la existencia de un segmento denominado “NI-NI”, que se refiere a aquellos jóvenes que no trabajan, no estudian y no buscan empleo. Este grupo representa el 20% de los jóvenes vulnerables.
Dentro de este contexto, una preocupación adicional es la proporción de aquellos que han dejado de buscar trabajo, conocidos como “NI-NI-NI”, que constituyen un tercio de la población juvenil vulnerable. Entre quienes se encuentran desempleados (30,6%), solo el 40% está activamente buscando empleo.
Juan Cruz Esquivel, director de la investigación y profesor de la UBA, enfatiza que, aunque este segmento es minoritario, se trata de un grupo altamente alejado de redes de apoyo e integración social. Por otro lado, el 70% restante de los jóvenes tiene empleo, aunque las condiciones laborales son precarias. El informe destaca que la mayor parte del empleo se concentra en sectores informales como el comercio, la construcción y las tareas de cuidado.
Esquivel señala que “el abandono escolar temprano conduce a trayectorias laborales marcadas por la precariedad. Aunque casi el 70% de los jóvenes vulnerables trabaja, la inserción laboral no es suficiente para revertir su situación de vulnerabilidad”. Además, solo el 18,9% de aquellos que tienen trabajo cuenta con un puesto registrado, lo que significa que apenas el 10% del total de jóvenes vulnerables se encuentra en dicha situación.
La mayoría (76,1%) trabaja en condiciones informales o como autónomos, y un 5% afirma estar bajo régimen de monotributo. Sin embargo, un 57% indica que sus ingresos no alcanzan para llegar a fin de mes. Esquivel añade que “la informalidad ha dejado de ser una situación excepcional para convertirse en la forma predominante de inserción laboral entre los jóvenes vulnerables”, y resalta que el 78% no cuenta con acceso a atención médica, optando por hospitales públicos o centros de salud comunitarios.
El abandono escolar también marca un aspecto crucial de la vulnerabilidad, ya que seis de cada diez jóvenes no completaron la secundaria. Solo el 32,8% tiene estudios secundarios completos y únicamente el 6,7% ha accedido a la educación terciaria o universitaria, con solo un cuarto de la población vulnerable que sigue estudiando.
Las metas a cinco años varían significativamente según el nivel educativo alcanzado. Aquellos con estudios terciarios o universitarios mencionan completar sus estudios como una prioridad en un 36,2%, mientras que este objetivo solo es señalado por el 13,5% de quienes no han terminado la secundaria. Mejorar su situación laboral (31,9%) y adquirir una vivienda propia (29,8%) son otras de sus aspiraciones, siendo formar una familia una opción menos prioritaria (4,8%).
Quienes presentan menor vulnerabilidad proyectan mudarse a un barrio mejor, pero los más vulnerables tienden a anticipar que seguirán en su lugar de residencia actual. En un contexto de vulnerabilidad, la incertidumbre redefine las prioridades diarias, llevando a priorizar la estabilidad económica y personal por encima de crear una familia.
A pesar de que el 87,5% de los encuestados creen que estudiar mejoraría su calidad de vida, se enfrentan a obstáculos significativos. Esquivel señala que las trayectorias educativas son afectadas por restricciones económicas, responsabilidades familiares y la inserción temprana en el mercado laboral, lo que dificulta mantener la escolaridad.
“Durante décadas, la educación y el trabajo fueron complementarios en la integración social; hoy esa conexión se ha roto. El ingreso al trabajo a menudo conlleva el abandono de los estudios, y dejar la escuela restringe las oportunidades de conseguir un empleo formal”, explica Esquivel. Esto genera una erosión de la movilidad social, ya que aunque persiste el deseo de progreso, las condiciones para alcanzarlo se han debilitado.
Fuera del AMBA, la vulnerabilidad alta y media asciende a más del 90%. En el Gran Buenos Aires, los jóvenes refieren una mayor inseguridad en sus entornos. Esquivel también evalúa la multidimensionalidad de estas vulnerabilidades, que se manifiestan en condiciones de vida cotidianas como déficits habitacionales, hogares numerosos y dificultades económicas.
Estas situaciones cotidianas impactan negativamente en el bienestar emocional de los jóvenes, asociándose a problemas de ansiedad, insomnio y depresión. El estudio indica que más del 70% de los encuestados experimenta problemas de nerviosismo o ansiedad, más del 50% sufre de desgano o depresión y un 30% enfrenta dificultades para controlar el consumo de alcohol y drogas, situación que se acentúa en los sectores más vulnerables.
En conclusión, Esquivel destaca la paradoja que refleja la investigación: aunque las aspiraciones siguen presentes, las posibilidades de realizarlas se desvanecen. “Los jóvenes no dejan de imaginar un futuro mejor; lo que nos muestra el estudio es que se amplía la brecha entre sus expectativas y los recursos disponibles para alcanzarlas”.










