El informe anual recientemente publicado por la revista científica The Lancet agrupa diversos datos que constituyen, en esencia, un urgente llamado de atención para las autoridades sanitarias globales y, en particular, para las de América Latina, reconocida como una de las regiones más vulnerables.
A nivel internacional, un dato relevante es la cantidad de muertes atribuibles al calor. Recientemente, las imágenes de las olas de calor en países como el Reino Unido, Francia o España circulaban en las redes sociales, sorprendiendo tanto a la población como a las autoridades de naciones supuestamente preparadas. En Europa, las olas de calor han causado más de 200.000 muertes relacionadas con el calor en lo que va del año.
Según The Lancet, los últimos once años han sido los más cálidos desde que se llevan registros, y las muertes asociadas a este fenómeno continúan en aumento. En 2023, se reportaron 710.000 muertes a nivel mundial por calor, de las cuales el 71,5% fueron atribuidas al cambio climático.
El exsecretario de Cambio Climático de la Nación, Rodrigo Rodríguez Tornquist, compartió en una conferencia en Buenos Aires que la intensidad de las lluvias y sequías que experimentamos actualmente como consecuencia de El Niño podría reflejar lo que sucederá en un futuro con un aumento de la temperatura media global de 1,5 °C. Es decir, lo que hoy percibimos como un evento temporal podría transformarse en la nueva normalidad en pocos años.
Ese aumento, aunque parezca mínimo, conlleva alteraciones significativas en todo el planeta, que van más allá de simplemente experimentar más calor. Se producen también cambios que afectan la biodiversidad, el nivel del mar, la calidad del suelo y, en consecuencia, la calidad de vida de las comunidades humanas, la producción, el riesgo financiero y la política.
Como con cualquier fenómeno de tal complejidad, entender sus efectos concretos requiere analizar múltiples variables interrelacionadas. En este contexto, The Lancet destaca que América Latina es una de las regiones más afectadas por el cambio climático, especialmente por tres de sus consecuencias más graves.
El informe subraya las muertes vinculadas a incendios, no solo por las llamas, sino más bien por la asfixia. El humo, especialmente en áreas de interfase, puede complicar la orientación y la evacuación, convirtiéndose en un factor letal tras una exposición prolongada.
A principios de este año, se entrevistó a una brigadista de Mallín Ahogado, Patagonia, llamada Natalia Dobranski, quien encontró el cuerpo sin vida de su vecino don Reyes durante un incendio forestal en 2026. Recordó cómo días antes lo había visto buscando cerezas en un guindo. Durante el incendio, el humo colapsó sus pulmones.
A nivel global, mientras la mortalidad por asfixia asociada al humo de incendios forestales ha disminuido, en América Latina, The Lancet estima que este tipo de muertes ha aumentado en un 33%. Este incremento se ha observado especialmente en la Amazonia y el Gran Chaco, los bosques más extensos de América del Sur.
Marcela Godoy, investigadora del Conicet y docente en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, ha estudiado el régimen de fuego en Argentina y sostiene que la situación presentada por la revista no se alinea con el contexto nacional.
Destaca que, comparativamente, Argentina reporta pocas muertes por incendios, tanto entre la población civil como entre brigadistas, en contraste con países como Estados Unidos y Australia. Esta discrepancia se debe a que, en Argentina, la concentración de población es menor y el acceso a áreas de riesgo es más sencillo. Sin embargo, advierte sobre la necesidad de aumentar la inversión pública en gestión de riesgos para prevenir futuras tragedias.
En el ámbito global, 2024 ha registrado el mayor número de casos de dengue hasta la fecha. La capacidad de transmisión del mosquito Aedes aegypti, vector del dengue, ha crecido un 125% entre los períodos 2006-2015 y 2016-2025. Según The Lancet, fenómenos similares han afectado también al zika y al chikungunya.
Aunque el dengue no es nuevo en la región, estuvo cerca de ser erradicado hace décadas. Sin embargo, su presencia ha resurgido significativamente en años recientes. En el siglo XX, el dengue fue un grave problema de salud pública en América Latina, llevando a campañas masivas de control. Para 1972, se había eliminado en 21 países.
Actualmente, se observan explosiones poblacionales del vector relacionadas con cambios en temperatura y humedad, lo que ha derivado en un aumento de casos y una notable expansión territorial, llegando incluso a Neuquén en Argentina.
Investigaciones recientes han reportado un incremento global del 18% en la incidencia de contagios, y en Argentina, entre 1990 y 2021, los reportes aumentaron de poco más de 38.000 a más del doble, según un estudio de la Universidad de Washington.
Diversas instituciones atribuyen esta expansión a las temperaturas más elevadas, aunque el Aedes aegypti no es el único vector beneficiado por el calor. The Lancet señala que América Latina ocupa el segundo lugar mundial en idoneidad térmica para la transmisión del virus del Nilo Occidental, después de los pequeños Estados insulares.
Entre 2016 y 2025, el 41,7% de la superficie terrestre global experimentará al menos un mes de sequía extrema anualmente, en comparación con el 28,4% entre 2006 y 2015. Esta cifra podría alcanzar el 51,8% en 2025, el segundo nivel más alto registrado.
La expansión de zonas afectadas por sequías extremas se aceleró un 704% en la última década. América Latina, y particularmente la cuenca amazónica, figuran como algunas de las áreas más afectadas por este estrés hídrico extremo.
El informe también resalta el incremento de la deforestación entre 2023 y 2024, agravando la escasez de agua y reduciendo la capacidad de la selva amazónica para absorber dióxido de carbono. A nivel global, las sequías se consideran el riesgo climático más destructivo para la agricultura, provocando más del 30% de las pérdidas de cultivos en países en desarrollo.
Un análisis satelital reveló que entre 2003 y 2025 se registró una disminución del almacenamiento de agua en el 43% de la superficie terrestrial, lo que afecta el acceso a agua potable y al saneamiento. Junto a un aumento de días con olas de calor y meses de sequía, este fenómeno ha provocado que 127,9 millones de personas más sufran inseguridad alimentaria moderada o grave en 2024.
A diferencia de la Amazonia, las áreas agrícolas y ganaderas de Argentina, que son más vulnerables a las sequías, están ubicadas en regiones donde el Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) prevé una mayor disponibilidad hídrica. Sin embargo, varias partes de la Patagonia, Cuyo y el noroeste han enfrentado sequías persistentes en la última década, según los últimos datos.
Desde un punto de vista político, el informe sostiene que la respuesta a la crisis climática debe ir más allá de los compromisos de reducción de emisiones. Entre sus principales recomendaciones se incluye la necesidad de reconocer formalmente el cambio climático como una emergencia sanitaria global en la Organización Mundial de la Salud (OMS) y mejorar la coordinación de instituciones internacionales para que la salud sea central en las políticas climáticas.
Se sugiere también la creación de una plataforma pública global de datos que optimice la vigilancia epidemiológica y los sistemas de alerta temprana, junto con un aumento en el financiamiento internacional hacia países en desarrollo mediante subvenciones y créditos concesionales.
Las metas para la próxima década son ambiciosas: detener de inmediato la exploración de nuevos yacimientos de combustibles fósiles, erradicar la generación eléctrica a carbón para 2035 y alcanzar un suministro energético compuesto en un 96% por fuentes de cero emisiones en ese mismo año.
Asimismo, se propone eliminar los subsidios netos a combustibles fósiles antes de 2030 y desarrollar sistemas de alerta temprana para los principales riesgos climáticos en todos los países antes de 2027, así como incorporar planes de adaptación sanitaria para 2030, detener la deforestación y restaurar 350 millones de hectáreas antes de finalizar la década, promoviendo además dietas más saludables y de menor impacto ambiental.










