Originaria de Italia, y una de las figuras más influyentes de la gastronomía en Mendoza, María Teresa sigue sintiéndose en casa entre los aromas y sabores de la cocina. Su recorrido por los restaurantes de su familia se ha convertido en un ritual que despierta en ella una emoción profunda, a pesar de las dificultades que la edad le ha traído. “Voy siempre con esa actitud”, comparte, reconociendo la ayuda que recibe, pero plenamente consciente de su pasión por la cocina.
La familia de María Teresa fundó uno de los grupos gastronómicos más emblemáticos de Mendoza, comenzando con La Marchigiana y expandiéndose con otros locales que son verdaderos clásicos en la provincia. Cuatro generaciones están involucradas en esta tradición, y son sus nietos quienes hoy mantienen viva la llama del emprendimiento familiar.
Para ella, la gastronomía va más allá de un simple negocio; es un arte que siente en su ser. No habla de estadísticas o márgenes de ganancia, sino del equilibrio perfecto de una salsa, de la logística del servicio y del respeto hacia quienes disfrutan su comida.
La esencia de la cocina, sostiene, permanece inalterada a pesar de la evolución del sector, que hoy incluye chefs reconocidos, redes sociales y un flujo constante de turistas. “Hay platos que nunca se irán porque hay un paladar familiar. En los restaurantes italianos aún se valora sentarse a la mesa juntos”, reflexiona.
Su llegada a Argentina fue en su juventud, luego de haber vivido los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Abandonó Italia buscando un futuro mejor y encontró en Mendoza su nuevo hogar, donde estableció su familia y transformó las recetas de su madre en un legado inquebrantable en la gastronomía provincial.
Al recordar su historia, prefiera hablar de la lucha de su familia por brindar educación a sus hijos, un claro sello de su filosofía de vida, que enfatiza el trabajo como clave del progreso. Este espíritu lo aplica también a su visión de la Argentina actual, donde ha expresado su deseo de unidad y paz: “Tengo mucha esperanza porque somos un país que no tiene guerra. Los partidos son necesarios, pero necesitamos unirnos como seres humanos”, comentó.
María Teresa conoce el precio de la guerra y la importancia del conocimiento y la educación como herramientas fundamentales para superar adversidades.
Por tanto, nunca olvida el valor del trabajo, y su mayor orgullo radica no en el éxito material, sino en las personas que han crecido junto a su emprendimiento y en los cientos de empleados que han pasado por sus cocinas. Desde sus inicios en 1948, ha subrayado que aprender un oficio es un camino hacia la dignidad.
Su historia ha estado marcada por grandes pérdidas, como la muerte de su hermano en el viaje a América y la pérdida de dos de sus hijos más adelante. Sin embargo, su resiliencia le ha permitido no dejar que el sufrimiento defina su vida.
A sus 92 años, sigue sintiendo una profunda conexión con la cocina. “No sé… es toda la vida”, expresa, mientras sonríe al hablar de sus nietos, quienes son los encargados de proyectar el legado familiar.
María Teresa desearía que sus nietos elijan un oficio menos exigente, pero les aconseja que se comprometan a hacerlo con respeto y amor. Para ella, esa es la clave del éxito que ha hecho posible la travesía de una familia de inmigrantes italianos que, más de siete décadas más tarde, se ha convertido en un referente en la gastronomía mendocina.
Su visión del éxito no se limita al logro de un imperio, sino que comienza mucho antes, entre la dedicación de encender correctamente una hornalla, preparar una salsa con esmero y recibir al primer cliente como si fuera el único de la noche.










