Una visita al museo revela una amplia galería repleta de reliquias del automovilismo nacional. Este vasto galpón, situado en la zona de los boxes del circuito platense, alberga automóviles en excelente estado, alineados en estrecha proximidad, mostrando la diversidad y riqueza de la historia del automovilismo argentino. Entre ellos se destaca un Mirage M-V Dagger C416 Pampa que formó parte de la Guerra de Malvinas, el cual fue donado por la Fuerza Aérea Argentina, recordando la conexión entre el automovilismo y momentos significativos del país.
Para apreciar plenamente el valor del museo, es esencial conocer el contexto histórico de la categoría que representa. El 5 de agosto de 1937 se llevó a cabo la primera carrera del TC, bajo la denominación de Campeonato Argentino de Velocidad, organizada por el Automóvil Club Argentino (ACA). Esa primera competencia fue ganada por Ángel Lo Valvo al volante de un Ford. En 1939, la categoría adoptó el nombre que perdura hasta el presente. En marzo de 2009, la ACTC recibió el reconocimiento oficial del Libro Guinness de los Récords, lo que la reconoce como la categoría automovilística más antigua a nivel mundial.
Las primeras carreras no se realizaban en autódromos, sino en caminos de tierra y ripio que recorrían el interior del país. Los pilotos competían en autos de producción, enfrentando condiciones muy diferentes a las del automovilismo moderno, lo que consolidó una épica fundacional que sigue siendo parte del ADN de la categoría y que explica, en gran medida, la devoción popular que aún genera.
A lo largo de sus casi 90 años de historia, el TC ha consagrado a más de 40 campeones. Juan Gálvez se posiciona como el líder de esta tabla con 9 títulos, seguido por Guillermo Ortelli con 7 y Juan María Traverso con 6. En términos de marcas, Ford se destaca como la más exitosa, con 46 campeonatos, seguida por Chevrolet con 23 y Dodge con 9.
Muchos de los autos que lograron la gloria en la pista están actualmente en el museo de La Plata. Según el reglamento deportivo de la Asociación Corredores Turismo Carretera (ACTC), es obligatoria la cesión de los vehículos que alcanzaron el campeonato a la colección. La normativa stipula que “el piloto y/o equipo campeón deberá entregar al Museo, con plazo de entrega el 31 de diciembre del año siguiente, la estructura enchapada con el tablero instrumental y la protección lateral”. A cambio, la ACTC entrega al campeón una estructura tubular nueva y equivalente para que pueda construir otro auto para la próxima temporada. Esta norma garantiza que cada título vigente tenga su correspondiente representación física en el museo. En ocasiones, cuando el piloto y su equipo no logran entregar el vehículo a tiempo, se les permite continuar compitiendo con el auto campeón hasta que puedan armar uno nuevo.
La recuperación de estas máquinas comenzó gracias al ex piloto y actual presidente de la ACTC, Hugo Mazzacane, quien en los años ochenta fue compañero de Roberto José Mouras. Tras el trágico accidente de Mouras en Lobos el 22 de noviembre de 1992, Mazzacane adquirió un Chevrolet del Toro por razones sentimentales, buscando rendir homenaje a su amigo. Posteriormente, se hizo con la cupé Ford que Juan Gálvez utilizó para obtener varios de sus campeonatos. También encontró el auto de Juan Carlos Navone, en manos de un vecino de González Chaves, el cual adquirió y restauró. Estos tres autos fueron el inicio de una colección que pronto se amplió a la búsqueda de todos los vehículos que habían ganado títulos en la categoría. Mazzacane se dedicó a rastrear de forma sistemática los autos campeones a lo largo de las décadas, un trabajo que requirió investigación, contactos, negociaciones y, en muchos casos, extensas labores de restauración que duraron años.
Formalmente, el museo abrió sus puertas en 2013, y el 11 de octubre de 2014 fue inaugurado al público. Cuando la colección llegó a contar con 10 autos, esa cifra parecía extraordinaria, y al superar los 70, la idea de alcanzar los 100 pasó de ser un sueño a un objetivo palpable. En 2024 se logró superar esa meta, alcanzándose un total de 101 unidades, la mayoría de ellas operativas.
A la entrada del museo, los visitantes son recibidos por Darío Stock, quien se encarga de la conservación de los autos. Stock nos comentó que hay “101 coches” en total y que “la gran mayoría está en funcionamiento. Hay dos o tres que no tienen el motor, pero al resto se les arranca y es necesario hacerlos girar en el circuito. Antes de salir a la pista, se verifica el estado del motor”. Esto incluye la cupecita de Juan Gálvez, que también es chequeada para asegurarse de su correcto estado. El proceso de mantenimiento contempla revisiones de los frenos, el sistema de aceite y la comprobación de fugas.
Lo notable del museo no se limita a la cantidad de vehículos, sino a las historias detrás de cómo muchos de ellos fueron encontrados. Algunos pasaron décadas olvidados, y en manos de propietarios que no conocían su verdadero valor histórico. En otros casos, los vehículos sufrieron accidentes y deterioros que hicieron necesarias restauraciones extensas. Por ejemplo, el Dodge de Oscar Castellano, que fue tres veces campeón del TC, fue hallado en un gallinero de la localidad de Toay, en La Pampa, tras ser adquirido por Mazzacane. Este auto fue restaurado y posteriormente sumado a la colección, según detalla el sitio web del museo.
En el caso del Ford Falcon con el que Oscar Cabalén compitió en 1966 y 1967, la historia es aún más dramática. Cabalén participó en 11 carreras con ese auto, logrando 2 victorias en Arrecifes y Córdoba en 1967. El 25 de agosto de ese mismo año, sufrió un fatal accidente mientras probaba un prototipo de su equipo. Tras su fallecimiento, su esposa vendió el Falcon, que primero fue revendido en una rifa, y luego, el segundo propietario, un residente de Puerto Deseado en Santa Cruz, lo preparó para competir en el TC Patagónico, pero el auto sufrió un grave accidente en la ruta a Río Gallegos y quedó semidestruido, terminando en un basural.
Este vehículo fue utilizado como blanco de tiro por el Escuadrón de Exploración de Caballería Blindado 9. Aunque el casco del auto nunca se pudo recuperar, varias piezas fundamentales, como el motor F-100, las cuatro puertas, el capot, el volante, la caja de cambios, la pedalera, los amortiguadores, el tanque de combustible y los carburadores, fueron recuperadas. Mazzacane adquirió todas estas piezas y, utilizando un casco original de un Falcon de época, las llevó al taller del ex piloto Enrique Candela. La restauración completa de este vehículo tomó tres años, y el letrista Miguel Aparicio se encargó de reproducir con precisión las publicidades originales del auto. Finalmente, el Falcon fue presentado oficialmente en julio de 2018.
Otra historia de notable recuperación corresponde a un Fórmula 1 Mecánica Argentina, campeón en 1974 con Luis Rubén Di Palma. En octubre de 1975, el piloto vendió el vehículo a Edgardo Raúl Lavari, quien compitió con él hasta 1979, cuando lo guardó en su hogar en General Pico, La Pampa. En 1992, se lo regaló a Nelson Di Fonzo, un preparador de Tres Arroyos, en reconocimiento por su ayuda en los inicios de Lavari. Más tarde, Di Fonzo llevó el auto a Rubén Lucich, quien se especializa en la restauración de vehículos en Tandil, pero no se pudo restaurar debido a problemas de presupuesto. En 2013, Mazzacane decidió intentar recuperarlo y se puso en contacto con Lavari. Ambos fueron a buscarlo y dieron con el auto desarmado, como si hubiera estado en un deshuesadero. Las partes del vehículo fueron almacenadas en el taller de Top Race en Don Torcuato, y posteriormente, siguiendo indicaciones de Mazzacane, fueron trasladadas a Eduardo Bouvier, un ex preparador con vasta experiencia en restauración.
Entre las joyas del museo también se encuentran el Huayra con el que Carlos Reutemann y Carlos Pascualini compitieron en 1969, una pieza única que asocia a uno de los pilotos argentinos más reconocidos internacionalmente con la categoría. También se destaca el Falcon Angostado de TC de 1968 de Reutemann, el Trueno Naranja de Carlos Alberto Pairetti, el único Sport Prototipo que ha sido campeón en la categoría.
De la década de 1980, la colección incluye el Dodge campeón de 1986 de Oscar Angeletti y su Ford Fairlane de 1989, un vehículo que revolucionó la época. Además, se encuentra el Ford Falcon que Jorge Martínez Boero llevó a la victoria en 1982, así como un Chevrolet que perteneció a Juan María Traverso y otro de Osvaldo “Pato” Morresi, un ícono de esos años.
Ya en este milenio, la colección exhibe los Dodge campeones de 2003 con Ernesto “Tito” Bessone y de 2006 con Norberto Fontana, además de dos Chevrolet triunfadores de Guillermo Ortelli en 2008 y 2016, y el primer título de Agustín Canapino en 2010. También está el Ford campeón de Omar “Gurí” Martínez en 2004. Destaca, además, un Torino que giró en la Antártida en 2011, con el recordado Roberto Urretavizcaya al volante. Existe una pieza adicional en la galería: el Dodge 1500 con el que José Miguel Pontoriero obtuvo una victoria en una carrera para no ganadores en la noche del 18 de febrero de 1978 en Buenos Aires, un auto que dejó de estar en competencia tras la decisión de la ACTC de no mantener más vehículos con motores de 2000 cm3, lo que llevó a la creación de la categoría Turismo Competición 2000 (TC 2000).
La amplitud cronológica de la colección es uno de sus rasgos más distintivos, abarcando casi nueve décadas de la historia del automovilismo argentino, desde las cupecitas que competían en los años 40 hasta los Ford Falcon que llevaron a Mariano Werner a conseguir sus tres títulos en 2020, 2021 y 2023. Incluso, el Ford Mustang de Julián Santero, que se convirtió en el primer campeón de la nueva generación en 2024, forma parte de esa importante colección.
El Museo del Turismo Carretera abre sus puertas al público los sábados de 10:00 a 16:00 y los domingos de 11:00 a 14:00 horas. La galería histórica puede ser visitada con el costo de la entrada al predio del Autódromo Roberto Mouras durante un fin de semana de carrera, lo cual es habitual dado que se organizan fechas nacionales y zonales con frecuencia.
Lo más esencial que ofrece el museo es que aún resuenan los corazones de la mayoría de sus autos. Escuchar el rugido de uno de esos motores es una sinfonía que representa una caricia al alma para todos aquellos que aman el automovilismo. A medida que el TC se aproxima a su noveno décimo aniversario, guarda en su centenar de joyas gran parte de su rica historia.










