Esta dinámica involucra principalmente a jóvenes, en su mayoría menores de 21 años, quienes discuten sobre bonos y limitaciones, y comparten una idea común: jugar sin arriesgar —o arriesgando lo mínimo— su propio dinero. En caso de obtener ganancias, esos fondos podrían financiar su salida nocturna. Si no tienen suerte, tendrían que continuar la noche de todos modos.
“Nos enteramos que regalan bonos, que son $20.000 para jugar. Y venimos un rato para, en una de esas, pegarle un poquitito y ganar un poco”, comentó Agustín, de 20 años.
Su razonamiento es bastante simple. Si el monto inicial no proviene de su propio bolsillo y la suerte está de su lado, una salida que comienza con un bono puede culminar en una ganancia que les permita disfrutar del fin de semana. “Si para una noche de diversión un viernes usás plata que no es tuya, tal vez podrías ganar más de lo que pensabas”, agregó.
Entre amigos, las ganancias tienen un propósito específico. “Con lo que saco de acá, me financio el fin de semana”, comentó uno de sus compañeros.
Nicolás, de 19 años, e Iván, de 20, siguen una dinámica similar. No llegan con la intención de apostar grandes sumas. Se encuentran con amigos, disfrutan de una bebida, charlan y sacan provecho del bono del casino.
“Venimos a hacer plata. Si ganamos, bien. Si no, salimos igual”, expresó Nicolás. Tienen una regla en su grupo: mientras cuenten con un bono, no usarán dinero propio.
La finalidad que los une es pasar un buen rato antes de continuar hacia el boliche. “Para nosotros es más o menos una previa. Disfrutamos, charlamos, estamos con amigos y después nos vamos al boliche”, añadió Iván.
Cuando no tienen un bono disponible, el grupo adopta otra estrategia: reúnen una cantidad fija y establecen un límite de apuesta. “Decimos, no sé, $15.000. Esto es como una entrada al casino y solo jugamos con eso y prometemos no incorporar más”, precisó Nicolás.
“Ponemos un fondo que no nos cuesta nada perder porque sabemos que lo más probable es que lo perdamos. Y si ganamos, perfecto. Y si perdemos, no tiene impacto en la noche”, aclaró Iván.
Sin embargo, surge una contradicción: el límite parece claro al ingresar al casino, pero puede ser difícil de mantener cuando la suerte se presenta.
Nicolás y Franco, ambos de 19 años, comparten la misma causa: aprovechar el bono y no gastar sus fondos. Franco señaló que su meta no es permanecer jugando toda la noche. “No somos de meter plata, sino de disfrutar de la noche, estar con amigos, reír y pasarla bien”, explicó.
Aun así, reconocen que la dinámica del juego puede incitar a continuar. La complicación aparece cuando una primera victoria modifica la percepción del dinero apostado.
“Es muy fácil caer. Está todo diseñado para eso. El bono te lleva a querer más. Gano, me dieron 20 lucas, no puse nada y de la nada saco 50, me dan ganas de ver qué más puedo conseguir”, compartió Franco.
La cuestión de la adicción al juego también surge en la conversación. Aunque intentan establecer límites, son conscientes de que algunos de sus amigos han presentado problemas con las apuestas y reconocen haber experimentado la sensación de ganar.
La preocupación hacia el bienestar de los demás también resuena entre ellos. Franco recordó a amigos de la secundaria con problemas por el juego online, a quienes trató de ayudar para que dejaran de jugar.
Detalló que en esos casos, la situación se complicaba porque utilizaban dinero destinado a necesidades vitales, apostando con la esperanza de recuperar lo perdido. “Eran fondos que les daban sus padres, para la semana, para comprarse comida o pagar el transporte. Era dinero que necesitaban para subsistir, y lo gastaban en apuestas buscando ganar más, pero también terminar perdiendo”, explicó Franco.
Fabián, de 26 años, relata una experiencia diferente. Para él, visitar el casino puede ser una salida en sí misma. Se reúne con amigos, consume algo y, si cuenta con dinero disponible, juega.
“Juego cuando tengo la posibilidad, con un dinero que puedo dar por perdido. Lo veo como una salida, como ir al cine o a cenar, en la que estoy dispuesto a perder algo de dinero, pero con la posibilidad de ganar”, manifestó.
Sin embargo, admite que perder más de lo que había planeado puede impactar su estado emocional. “Si pierdo más de lo que consideré que puedo jugar, me deja una sensación desagradable”, añadió.
Así, la escena retratada por estos jóvenes tiene dos caras. Está el bono que permite jugar sin invertir dinero, el disfrute en compañía de amigos y la idea de hacer una parada antes de la actividad nocturna. Pero también existe el riesgo de que esa experiencia controlada se descontrole ante una pérdida que se desea recuperar o una ganancia que invita a continuar jugando.










