Siete años después, mientras concluía su secundaria, dedicó las vacaciones de verano a investigar y elaborar un proyecto ambicioso para su edad. El 3 de marzo de 1995 inauguró en Caseros su propio instituto de idiomas. La inversión fue mínima: adaptó un departamento que servía como parte de la casa familiar, compró un pizarrón amarillo que aún guarda y comenzó a ofrecer clases.
En los primeros días, Neone dependía prácticamente de Natalia. Ella se encargaba de dar clases de inglés, atender el teléfono, recibir a los padres, limpiar y manejar las cuentas, todo mientras comenzaba la universidad y mantenía un trabajo en una fábrica. “Cuando hablaba con las familias, utilizaba el plural para dar otra dimensión al proyecto. Decía ‘nosotros’, pero era yo sola”, relata el entrevistado.
De aquella modesta experiencia en un departamento, tres décadas después, surgió una red de 56 institutos de idiomas que genera aproximadamente $780 millones anuales, sumando las sedes propias, regalías de franquicias y las capacitaciones que ofrece Druziuk, sin contar los ingresos que cada establecimiento franquiciado genera por separado.
Los idiomas también tienen un significado profundo en su familia. Su madre llegó desde Rusia a la Argentina a los 15 años, y tanto ella como su abuela vivieron las dificultades de habitar en un país cuya lengua no dominaban. Desde pequeña, escuchó historias que destacaban lo complicado que podía ser algo tan simple como hacer compras en un supermercado.
“Creo que ya nací con esta idea de tener un instituto de idiomas”, contó. “Era como la oveja negra al decir que quería estudiar muchos idiomas. Uno de ellos era ruso, por lo que pasaron mi mamá y mi abuela”, añadió.
Su primer alumno fue Matías, quien tenía cinco años al comenzar a asistir. Su madre tuvo que superar la desconfianza de dejarlo al cuidado de una docente tan joven. “Era muy difícil ganar la confianza de los padres para que confiaran en una nena de 17 para que pagaran una cuota y estudiaran”, recuerda Druziuk. Matías continuó su formación en inglés y años después se trasladó a Australia por trabajo.
En su primer año, el instituto cerró con 20 alumnos. Dos años más tarde, la cifra alcanzó los 80, lo que desató la necesidad de contratar una secretaria, aunque convencer a alguien para que trabajara para una adolescente resultó complicado. “Decían ‘¿Quién me va a pagar el sueldo?’”, señala.
El crecimiento se aceleró en 2001, cuando Druziuk sumó cuatro nuevos idiomas, amplió su equipo y se mudó a un local con espacio para más aulas, que requirió una inversión de US$6,000. La crisis económica que afectaba a otros negocios le permitió adquirir escritorios y muebles de aquellos que cerraban, mientras más profesores se acercaban en busca de empleo.
Sin embargo, ese auge coincidió con una de las crisis económicas más severas que vivió el país. Todo su capital acumulado desde 1995 se vio atrapado en el corralito. Ante las advertencias, se dirigió al banco con su madre, aunque solo pudieron retirar dinero de una de las cuentas. Eligió que su madre sacara el de la suya y optó por esperar hasta el lunes. Ese día, el banco ya no estaba en funcionamiento.
“Por cada crisis que enfrento, me tomo un día para llorar lo que tenga que llorar y al día siguiente salgo adelante”, afirma. En un tiempo sin redes sociales ni tácticas digitales para promocionar, usó el poco dinero que le quedó para imprimir folletos y atraer más estudiantes.
Neone mantuvo una única sede durante varios años, alcanzando cerca de 400 alumnos en 2018. Nuevamente, el espacio comenzaba a limitar su capacidad, por lo que Druziuk buscó formas de expandir sin depender de nuevas aulas.
Decidió invertir gran parte de sus ahorros en desarrollar una plataforma de educación online. Aunque al principio esto generó temor y sus resultados fueron decepcionantes —apenas cinco alumnos en el campus digital—, la llegada de la pandemia dos años más tarde transformó esta inversión en una ventaja. La matrícula online creció y las franquicias se extendieron más allá de Tres de Febrero hacia todo el país.
Simultáneamente, comenzó a trabajar en el desarrollo de más franquicias. En la actualidad, la red cuenta con presencia en Argentina, Uruguay y Paraguay, ha formado a más de 25,000 estudiantes en Latinoamérica y ofrece 17 idiomas diferentes, incluyendo quechua y guaraní. El objetivo a futuro es su expansión a Europa, comenzando por España, con planes de abrir en Barcelona, Madrid y Valencia.
Durante más de 20 años, Druziuk construyó Neone con un enfoque casi artesanal. Pasó de atender el teléfono y barrer a coordinar una estructura más grande, aunque siempre controlando personalmente la mayoría de los aspectos.
En 2018, una complicación de salud la llevó a ser hospitalizada, lo que mostró las limitaciones de su estilo de trabajo. Aun estando internada, seguía preocupada por la agenda y las reuniones que debía reorganizar. “Con el suero en una mano y la agenda en la otra decía: ‘Bueno, quizás tengo que reagendar’”, recordó. La respuesta fue clara: “Señora, no reagende porque no sabe si mañana va a estar viva”.
Acostumbrada a manejar todo desde sus 17 años, comenzó a notar que otros podían asumir responsabilidades que ella solía retener. “Desde ese día en el hospital comprendí que lo hacían mejor. Agradezco a la vida que me haya abierto los ojos, porque eso me ayudó a crecer”, expresó.
Ese cambio coincidió con un momento en que Neone requería una estructura diferente. Druziuk conformó un equipo delegando áreas específicas y actualmente se rodea de responsables de marketing y dos coordinadoras de franquicias, además de capacitar a quienes dirigen las diferentes sedes. “No hay nada que funcione sin equipos”, concluye.
Su papel también ha evolucionado. Ya no imparte clases y su enfoque se centra en capacitar y mentorear a directivos, al tiempo que avanza en la expansión internacional y continúa su formación académica a lo largo de su carrera.










