La historia de este viaje se remonta a 1980, cuando Juan Pablo II tenía previsto visitar Gran Bretaña entre el 28 de mayo y el 2 de junio de 1982. No obstante, a tan solo dos meses de esa fecha, ocurrió el desembarco argentino en las islas. Este suceso generó tensiones en el Vaticano: ¿debería el Papa realizar su visita a Gran Bretaña y ser percibido como un favor a los británicos, en desmedro de su décima nación con más católicos y parte de una mediación papal crucial con Chile?
Suspender el viaje a Gran Bretaña acarreaba dos problemas: uno político con el gobierno británico y otro ecuménico con la Iglesia anglicana, que se había separado de Roma casi 500 años atrás. Las autoridades eclesiásticas del Reino Unido instaron al Vaticano a no cancelar la visita, cierto de que había sectores antibelicistas que presionaban en ese sentido. Por su parte, los obispos argentinos comenzaron a enviar mensajes a Roma sugiriendo que, si el Papa iba a Gran Bretaña, también debía visitar Argentina.
Justo antes de su partida a Londres, Juan Pablo II mostró su preocupación por la situación en Argentina. En una carta enviada con ocasión del 25 de Mayo, expresaba que “la cancelación del viaje (a Gran Bretaña) sería una desilusión no solo para los católicos, sino también para muchos no católicos que lo consideran importante por su significado ecuménico”. Destacó que la visita era “estrictamente pastoral y en ningún modo política”, y manifestó su “honda preocupación por la causa de la paz”. Al día siguiente, se anunció su llegada a Argentina, que incluiría una misa en el santuario de la Virgen de Luján y otra en el Monumento a los Españoles, además de una breve reunión con el presidente de facto, Leopoldo Galtieri.
Galtieri opinó que el viaje del Papa perjudicó a Argentina en el conflicto con el Reino Unido, afirmando que “es evidente que su presencia, en momentos trascendentales, nos perjudicó”, aunque no explicó en qué sentido. Al mismo tiempo, reconoció que el cardenal Raúl Primatesta, a quien el Papa escuchaba, había llevado a Roma la preocupación de que la presencia papal podría interpretarse como un aval británico y, en consecuencia, el Papa decidió visitar Argentina. El diario vaticano L’Osservatore Romano intentó despejar rumores, subrayando que “la visita relámpago del Papa a Buenos Aires es un viaje de paz”. Juan Pablo II, al dejar el país, instó a “no dudar en buscar soluciones que salven la honorabilidad de ambas partes y restablezcan la paz”. A pesar de su deseo, si el Papa no hubiera viajado a Gran Bretaña, probablemente no habría visitado Argentina en ese tiempo, cumpliendo con su típica “visita pastoral” en 1987.
En ese año, Juan Pablo II llegó a Argentina con un fuerte resfrío, listo para cerrar la Jornada Mundial de la Juventud en la Ciudad de Buenos Aires. Esta visita, programada y con una duración de seis días, siguió a su paso por Uruguay y Chile. El Papa aterrizó en el aeroparque Jorge Newbery, donde fue recibido por el presidente Raúl Alfonsín y su esposa, María Lorenza Barrenechea.
Subido al “Papamóvil”, y tras un paso por la Nunciatura porteña, se dirigió a la Casa de Gobierno, donde se reunió nuevamente con Alfonsín y salió al balcón de la Casa Rosada para saludar a la multitud congregada en la Plaza de Mayo. Además de Buenos Aires, el Papa visitó Bahía Blanca, Tucumán, Corrientes, Viedma, Mendoza, Córdoba, Salta, Paraná y Rosario. Su llegada se produjo el lunes 6, y el sábado 11 presidió el Encuentro con los Jóvenes. En la mañana del domingo, que resultaba especial para los católicos, ya que era “domingo de Ramos”, encabezó la Jornada Mundial de la Juventud desde un altar ubicado en 9 de Julio y Santa Fe. Se estima que más de un millón de personas participaron de este evento. Desde aquel momento, ningún sucesor de Juan Pablo II, ni siquiera Francisco, quien dejó Buenos Aires para participar del cónclave que lo eligió en Roma, ha visitado el país.










