La creación del Centro de Educación Médica e Investigaciones Clínicas, conocido como Cemic, en 1958 se convirtió en un hito en el desarrollo de la medicina argentina, y Turin jugó un papel importante en esta historia. La iniciativa surgió en la esquina de Las Heras y Sánchez de Bustamante, en la célebre sala XX del Hospital Rivadavia, bajo la dirección de Norberto Quirno, quien era por entonces profesor titular de Clínica Médica y Medicina Interna de la UBA. Quirno reconoció la necesidad urgente de establecer un espacio público-privado para mejorar la calidad de la asistencia médica, combinando la formación académica y la investigación en beneficio de la comunidad.
Entre las figuras destacadas que apoyaron este proyecto estaban Samuel J. Bosch y Martín de Achával, quienes, al igual que Quirno, entendieron que para dotar a Cemic de la jerarquía que se buscaba, era esencial contar con un compromiso firme y recursos humanos calificados. Esta visión fue respaldada por el entonces ministro de Salud Pública, Héctor Noblía, y el presidente Arturo Frondizi. Eduardo Braun Menéndez, un notable fisiólogo, hizo la primera donación al Cemic, pero su trágica muerte en un accidente de aviación a comienzos de 1959 dejó un vacío en la medicina argentina, según afirman historiadores del ámbito. Braun Menéndez había compartido con Quirno la obsesión por la creación de un hospital excluyente que permitiera la enseñanza de Medicina Interna y facilitara la investigación clínica, bajo la gestión de un consejo privado.
La historia de la medicina argentina tomó un giro significativo cuando, en 1963, Mario Turin se unió a Cemic tras haber sido seleccionado en un concurso que recompensó a un médico graduado con honores de la UBA. En ese momento se encontraba en su tercer año de residencia médica, y a partir de allí su trayectoria lo llevó a convertirse en un pilar fundamental del equipo fundador de la institución.
Durante sus años de estudiante, muchos jóvenes del interior que se trasladaban a Buenos Aires para estudiar se enfrentaban a la necesidad de cambiar de pensión frecuentemente, una práctica común que les permitía medir los costos que traía vivir en la gran metrópoli. Estos desafíos de la vida estudiantil alimentaron sus recuerdos de juventud con innumerables anécdotas. Turin compartió estancia con otros jóvenes de su ciudad, como Juan Carlos Casera, quien, desde la clínica cardiovascular, colaboró en el Hospital Italiano con Domingo Liotta, pionero en el implante de corazón artificial.
Desde temprana edad, Mario Turin desarrolló un respeto innato por la precisión, tal vez heredado de su padre, un relojero que emigró de Senas, en el sur de Francia, mientras que su madre era originaria de Potenza, en la Basilicata, Italia. El doctor Turin optó por la nefrología como especialidad médica, manteniendo una perspectiva holística en el cuidado de la salud, lo que caracterizaba a un verdadero clínico por su vocación.
No solo fue un defensor de la integración del conocimiento, sino también un ávido lector de los clásicos de la literatura universal. Además, supo cultivar su interés por diversas actividades deportivas, aunque no fuera especialmente dotado para su práctica, convirtiéndose en un apasionado seguidor de la cultura futbolística riverplatense.
Turin mostró un continuo deseo de aprender, lo que asimismo impulsó en sus hijos y sobrinos. Este interés se hizo evidente cuando, debido a motivos familiares, tuvo que acompañar a su esposa en la gestión de un emprendimiento agropecuario en Santa Fe y Buenos Aires. Así, se fueron convirtiendo en alumnos diligentes de los cursos de capacitación nocturnos que ofrecía el ingeniero agrónomo Darío Bignoli en la escuela de la Sociedad Rural Argentina.
Se convirtió en jefe de residentes en Cemic y, tras ello, continuó su especialización en el Johns Hopkins Hospital de Baltimore, donde se mantuvo hasta 1969. Allí, como becario en investigación nefrológica, formó parte del equipo que implementó el primer programa de trasplante renal de la institución.
Al regresar a Argentina, colaboró con otros renombrados nefrólogos, como Félix Etchegoyen y Luis Jost, en programas de investigación sobre nefrología, diálisis y trasplante renal, que contaron con el apoyo de Cemic. La noticia de su deceso resonará en Montevideo, donde un feriero de casi 60 años, Italo López, recordará su trasplante renal, que le permitió en sus propias palabras “nacer de nuevo”.
En 1970, Turin participó en el primer trasplante de riñón realizado en Cemic junto a Félix Etchegoyen, Patricio Welsh y “Coco” Mocellini Iturralde, un hito que sentó las bases para más de 1500 intervenciones posteriores en esta institución.
López, a sus diez años, luchaba entre la vida y la muerte hasta que fue operado exitosamente el 9 de diciembre de 1977 por un equipo liderado por Turin, que incluía a un cirujano general, un urólogo, dos pediatras y un cirujano vascular. Esta operación se produjo 23 años después de que el profesor Joseph Murray realizara el primer trasplante del mundo entre gemelos univitelinos en el Brigham and Women’s Hospital en Boston, y 21 años después de la primera intervención similar en Argentina, realizada por un equipo en el que se destacó Alfredo Lanari.
La trayectoria de Turin también está estrechamente vinculada a la creación de la ley que, desde 1976, permite el uso de donantes cadavéricos para trasplantes, a través de lo que se inició con el Cucai y luego continuó con el Incucai. Esto incluyó arduos esfuerzos de su parte para establecer la cláusula promovida por Fernando de la Rúa, que permite el uso de un órgano cadavérico a menos que haya una disposición en contrario al momento de la obtención del DNI.
Turin se desempeñó como docente en la Unidad Hospitalaria Cemic de la UBA, sumando a su carrera un destacado currículo en el ámbito docente, que culminó en su elección como decano de Medicina y primer rector del Instituto Universitario Cemic, cargo que ocupó en cuatro ocasiones entre 1999 y 2017. Este ámbito es el espacio de calidad docente que Quirno había anhelado establecer. Actualmente, en esa unidad operan 900 profesores de grado y posgrado, y asisten 663 estudiantes de grado y 280 de posgrado.
En su rol como rector, Iy Turin formó parte del consejo de rectores de universidades privadas (CRUP), donde fue vicepresidente. Fue Fellow del American College of Physicians y presidió la Asociación Argentina de Trasplantes. Su dedicación hacia la enseñanza y la medicina lo convirtió en un maestro exigente, un rasgo que aplicó a sí mismo en cada actividad formal, encarnando los principios rigurosos que había defendido Quirno. Asimismo, demostraba una empatía natural hacia los pacientes, lo que se erige como un aspecto muchas veces descuidado en la relación médico-paciente.
A pesar de los desafíos del sistema de salud y la proletarización de la profesión médica, con salarios que a menudo son miserables y una presión significativa en el ámbito público, Turin siempre defendió la dignidad de su profesión. Integró la comisión directiva de Cemic desde 1973 hasta 1992 y fue miembro fundador de la Fundación Norberto Quirno, encargada de resguardar los bienes de Cemic y procurar donaciones.
Mario Turin falleció rodeado de su esposa Ana María y sus tres hijos: Valeria, Ignacio y Federico, además de sus siete nietos. Nacido en Pergamino el 5 de febrero de 1937, su vida fue un testimonio de compromiso y dedicación a la medicina y la educación, dejando un legado que perdurará en la comunidad médica argentina.










